Antiguo emplazamiento del edificio Alaska. (Foto: desarraigos.blogspot.com)

Primer plano: retrato del Ché. En blanco y negro sobre pared descascarada.

Segundo plano: piso hundido al aire libre. Muchacho sin camisa, la cara triste, mira la lluvia caer sobre las baldosas abolladas. Se hace un charco.

La Habana, suite de los símbolos.

El vidrio del televisor parece una pecera, una pecera de espejos, una casa de los espejos, un laberinto de espejos. Deprimentes figuras se reflejan ahí, deprimentes figuras son tu figura. Mi figura. La figura de una masa amorfa que se llama pueblo.

Veo la película hasta el final.

Una mierda, amarga, machacadora como gritó aquel hombre en medio del cine abarrotado, aquel año cuando se estrenó. Machacadora y falsa, digo yo frente al televisor, hoy –unos años después– cuando, por primera vez, ponen el cine cubano que nunca habían puesto por la televisión.

Me levanto y salgo a la terraza a fumarme un cigarro.

Desde arriba la calle puede ser un agujero negro con pescados agonizando a lo lejos, pero la oscuridad cercena todo. Luces distantes, el Morro que dibuja el límite de la costa, el malecón infartado de bombillos y autos, el cartel del Hotel Habana Libre, las estrellas como cristales sobre el telón oscuro de la noche. Salir a buscar mi Suite Habana y no encontrarla, ella es un vidrio afilado en la nostalgia. La película que nadie nunca rodará, que a nadie le importa ver, que todos silencian en el ejercicio de olvidar.

Cierro los ojos y pienso en el edificio Alaska. Apuntalado por años, un quiste amarillo en medio de la Rampa. Muchas familias esperaron ser restituidas a sus apartamentos, pero el deshielo del desamparo los convirtió en escombro. Abro los ojos, es de noche y estoy muy lejos de la Rampa, aún así el frío del Polo Norte sube como veneno por mis recuerdos, la veo a ella, rodeada de concreto a los pies del mástil, ondeando en el aire de la avenida 23, soberana, gigantesca: la gran bandera con que han ocultado el otrora territorio del Alaska. La realidad es una gota de agua dulce que se consume frente a mí, muriéndome de sed en el mar. La verdadera vida  no se interpreta ni se escribe, apago el cigarro contra el piso, y pienso en el terrible error que hemos cometido los artistas: echándole leña al fuego de la mentira.

Lien Carrazana Lau. La Habana, 2007.

***

Rebobinar el pasado sólo sirve para no olvidar de dónde venimos y quienes hemos sido. [Pero vean también la Suite Habana de Fernando Pérez, mi relato no es una crítica, es más bien el soliloquio de otro personaje inconforme con la realidad que le tocó vivir.]

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