«Ando desasosegando el viaje, pero quizá sólo sea porque aún ningún camino me llevó a ninguna parte.» Loulou Revisited |Blog, 23 de octubre.

Toda búsqueda es un viaje, la vida misma lo es. Desde que nacemos llevamos un mapa en la palma de las manos, que va dibujándose en la medida que crecemos. Como anillos de árbol, nuestra personalidad va poniendo autopistas sobre nuestra vida.

Pero más allá de toda poética hay, básicamente, dos tipos de personas: los trotamundos y los arraigados, los que necesitan moverse en busca de su lugar en el mundo y los que lo construyen in situ. Algunos son movidos por causas de fuerza mayor, como lanzados por un pitcher que tiró la bola con violencia, lo más probable es que hayan secuelas de una caída brutal en otro mundo: exiliarse es eso, un muñón que no sanará, la patria amputada. Otros se van, escapan como perseguidos por su propia sombra, corren rápido, se detienen en ciudades bulliciosas donde puedan camuflarse entre la gente, y confundir así a esa maldita mancha, el desencanto del emigrante.

Como escribiera Cioran en ‘La tentación de existir’ (La tentation d’exister – 1972): «Bajo cualquier forma que se presente, y sea cual sea su causa, el exilio, en sus comienzos, es una escuela de vértigo. Y el vértigo no es cosa a la que a cualquiera le sea dada la suerte de llegar. Es una situación-límite y algo así como el extremo del estado poético. ¿Acaso no es un favor ser transportado a él de golpe, sin los rodeos de una disciplina, por la sola benevolencia de la fatalidad?»

Hay mil motivos para viajar bien lejos de nuestros márgenes, pero el destino no nos catapulta a todos, muchos se quedarán en el mismo lugar, con las raíces entramadas en el presente, sosteniéndolo con los hombros. Son el colchón de la Historia donde duerme la patria del exiliado y la estación de servicio del nómada.

Para vivir sin ancla hay que tener vocación de sobreviviente, ¿arraigo al desarraigo quizás? Los viajeros somos todos diferentes, nos encontramos en la desembocadura de los caminos, compartimos una cerveza, nos sentamos a mirar la noche pasar y sabemos que la distancia mide nuestros pasos, pero ¿de qué nos distanciamos?

A @loulourevisited la encontré en uno de esos cruces de camino, ella a moderada distancia de su Cádiz natal, yo a considerable de mi Habana trasatlántica. Ambas naufragando por internet. Entre caracteres de Twitter y, más tarde, en una calle madrileña. No tengo claro nuestro primer encuentro, solo sus ojos idénticos al mar. Me contó de sus innumerables viajes por Europa y América Latina, yo apenas de mi único gran viaje: de la ficción cubana a la realidad española. No nos hemos visto demasiadas veces, ni hemos hablado demasiadas veces, ni conozco demasiado a Loulou -porque los que estamos de paso no tenemos tiempo de conocernos, apenas de ser lo más veraces posible, cualquier momento es el último-. Pero buscaba un tema para escribir y ella se me ofreció en mitad de la carretera, como el que pide autostop vestido de rojo neón.

Una mujer que viaja, de un continente a otro, ataviada de sueños siempre será un tema pidiendo tema, así son las mujeres de la ficción, las musas terrestres, orgánicas e imperfectas, llamativas, sabiondas y respondonas, amigables, tercas, misteriosas e infantiles, llenas por contradicción, profundas por definición, túneles que buscan el final de sí mismas recorriéndose. De ahí que me incline a usar a mi amiga como conducción para alcanzar las palabras que necesito en temas tan violentos como: “lugares a los que nuestro anhelo desea volver”, “el amor-odio de los amantes”, “la admiración en los afectos”, y hasta el clima… «Inmaculadamente te invoco, inspiración, pre-texto, musa» y así se escribe una cuartilla y media buscando viajar con palabras, entender hacia dónde van los otros, qué historias nos cuentan por el camino.

La diferencia entre Loulou y yo es que ella elige su recorrido, aunque parezca guiada por el viento y a veces su brújula se pierda en parajes agrestes de México o Argentina; mi camino lo dictan las circunstancias, quizás yo elija menos, quizás mi elección sea más un símbolo. «La meta es el camino», me digo sentada en mi sofá de ir a ningún lugar y a todos con la mente. Ella y yo nos parecemos en algo: ambas documentamos el viaje por escrito. Ambas creemos en la memoria.

La literatura nos conduce, queramos o no, somos novelas que respiran. Algunas deficientes, triviales, otras mágicas e inimaginables, todas vivas como la tuya, que me lees buscando un camino que te lleve a alguna parte; y te desanimas porque las llagas, el tedio, la soledad, el frío, la gente vacía, los miedos, te agobian, y no ves sentido en la bruma del presente. El futuro es una palabra hecha de migas de pan.

Buscamos algo que siempre estuvo ahí, y descubrimos que nuestro lugar en el mundo está dentro de la piel, en el corazón que nos llena el cuerpo de sangre, en el cerebro que nos mueve y en la planta de nuestros cansados pies. Al final puede que el único camino posible sea llegar a nosotros mismos, a esa versión definitiva del yo. Y morir, cuando toque, contentos de haber disfrutado el camino de esta vida.

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido…
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

Fragmento del poema Lisbon Revisited (1928), Fernando Pessoa.

El próximo domingo escribiré de esos “lugares a los que nuestro anhelo desea volver”, una petición de Javier. Y continúo pidiendo guerra, digo, tema.