Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida…

‘Volver’, Carlos Gardel – Alfredo Le Pera.

Como la canción, mi cerebro tararea ese verbo constantemente. El karma del exiliado: la añoranza por todo aquello que dejó atrás y extraña inútilmente. Porque no se puede regresar al pasado más que en el recuerdo, los libros, las historias que nos contamos, tergiversando y recreando una realidad que ya no existe exactamente como la conocimos.

Antes de irme de Cuba ya padecía los embates de la palabra volver. Demasiadas mudanzas, ciudades distintas, amigos dejados por el camino. Cienfuegos, Santa Clara, Trinidad y La Habana, en cada una de esas ciudades tengo recuerdos memorables a los que me gustaría transportarme solamente por el placer de comer jugosos mangos de los que abundan en el camino a Racho Luna, ir a la playa con mi abuela materna, jugar en la calle Santa Bárbara con mi amiga de la infancia, caminar por los pasillos de la primera escuela de arte donde estudié en ese Trinidad colonial y místico de mi adolescencia.

En el año 2005 regresé a Santa Clara para visitar a mi familia e intenté entrar a la escuela secundaria donde estuve tres años en los noventa, no me dejaron entrar. Quería pararme en medio del enorme patio donde jugábamos baloncesto, donde ocurrieron los primeros coqueteos, besos, bailes, desilusiones, quería mirar las empinadas escaleras de emergencia, rojas y medio oxidadas, que bajaba con vértigo cuando sonaba el timbre de salida, todo por irme rápido a la calle, a montar bicicleta y fumar a escondidas.

Fue decepcionante que no me dejarán entrar, pero quizá fue lo mejor. Mi memoria almacena un recuerdo invariable de esa época, otros lugares no corrieron la misma suerte.

Cuando volví a la cantina que protagonizó las escenas más dislocadas de mi primera juventud, las borracheras interminables, los amores de un día, los trovadores, las canciones que todos nos sabíamos, la sexualidad desbordante, el descubrimiento de la noche, El Mejunje, ese refugio de libertad en mis años líricos, era un bar de mala muerte. Me encontré con conocidos, más borrachos y más viejos, que no me reconocieron y nos trataron como turistas, “habaneros” a los que beberles la botella de ron.

Intentar regresar a esos lugares, momentos, sensaciones que nuestro espíritu anhela e idealiza, es una trampa para construir nuevos pasados reciclando vivencias. A veces vale la pena y otras no. Como sea, no dejáremos de anhelar porque es nuestro sino, una arraigada condición humana: somos carne de deseo.

De ese viaje guardo uno de los últimos buenos recuerdos que tengo de mi padre. No fue la última vez que le vi antes de venir a España, pero sí la última en la que era algo parecido a un padre, algo que en realidad nunca ha sido; y es que los recuerdos también sirven para construir la biografía de los que componen nuestra vida, mientras más recuerdos tenemos de ellos, más fuertes y presentes son en nuestra memoria. Mi padre, sin embargo, es de quienes crea ese otro tipo de memorias, las que queremos olvidar, pero más nos vale no hacerlo, para no olvidar con ello esa parte dolorosa de nuestras vidas que no queremos repetir.

«Todos somos exiliados del pasado» porque por más que queramos jamás podremos regresar a él. En la literatura el pasado es un presente perpetuo mientras se sigan leyendo y escribiendo historias. La memoria personal, en cambio, es inamovible, no puedo entrar a la fotografía donde mi abuela paterna y yo nos abrazamos, nunca conoceré a mi abuelo chino muerto antes de yo nacer, no volveré a ser virgen, no aprenderé de nuevo a leer y escribir, no regresaré al útero materno, no naceré de nuevo. No puedo ni siquiera volver exactamente al día de ayer en que caminaba por un Madrid otoñal y frío pensando en lo lejos que estoy de mi yo de hace cuatro años en una Habana tropical y caliente.

Mi volver hoy es un eufemismo porque no puedo volver a mí misma y a la vez nunca me he ido. Todo está aquí, entre mis palabras, en las imágenes que logro retener en la mente, y quizás la escritura no sea más que la prevención del olvido que presupone una gran acumulación de recuerdos. Mis archivos mentales están abarrotados, libero espacio y otros nuevos recuerdos vienen a ocupar estrechas estancias donde apenas caben nombres, detalles, el color de algunas tardes, las mejores sensaciones de un verano, retazos de vida; mi lucha diaria es con la desmemoria que amenaza con abolirme. Soy cada ladrillo de mi pasado, y me toca seguir poniendo pisos al edificio de mi vida, seguir construyendo recuerdos a los que el anhelo inútilmente desea volver, porque al final, ese deseo inverosímil e irrealizable es la confirmación de que nuestra vida ha valido la pena.

No hay máquina del tiempo que te restaure a tu antiguo yo, ni el pasado ni el futuro existen sin el presente. Este instante en el que te detienes a pensar en que estás, como Zaratustra, frente a una puerta llamada instante, y que seguirás el camino correcto: la vida.

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