«Volver, volver, volver, a tus brazos otra vez, llegaré hasta donde estés, yo sé perder, yo sé perder, quiero volver, volver…» Mi vecina oye cantar a Chavela Vargas con esa voz que rasga las paredes. Yo la observo a través de la puerta (siempre abierta) de su cuarto, desde la puerta (siempre abierta) del mío. Mi vecina gusta de canciones tristes que la hagan servirse un trago de ron en un vasito ambarino y cocinar pollo “al cartucho”. Lo sé porque la veo con el cartucho en la mano. Un cartucho de papel en la Habana es una rareza. Un cartucho de papel en la Habana Vieja es una utopía. Pero mi vecina tiene cartuchos de papel.

Ahora pela papas y canturrea: «tú tenias mucha razón le hago caso al corazón y me muero por volver, y volver, volver, volver…» Los pies descalzos bailan sin permiso del cuerpo. Tiene las uñas pintadas de rojo. Eso se ve extremadamente sexy y contrasta con su piel blanca. Parece una invitación a degustar cada dedo como si fuera un caramelo de fresa.

Me animo a empezar nuestra espontánea controversia de canciones. Pongo el disco del Cigala: «sufro la inmensa pena de tu extravío, siento el dolor profundo de tu partida, y lloro sin que sepas que el llanto mío, tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras…». Ella levanta la vista y me encañona con sus ojos negros. Sonríe levemente mientras se aparta un mechón de pelo de la frente. Yo retiro el cigarrillo de mi boca y suelto el humo como un galán de películas de los años 50. Le guiño un ojo. Quedamos mirándonos fijo… Pero el teléfono de mi vecina suena y ella deja de mirarme para tomar el auricular.

Seguro es el novio. Mi vecina sonríe con toda la boca abierta, una sonrisa que viene del estómago, de las ingles, del interior de su vulva. Es el novio, no cabe duda. Puedo escuchar el sonido azucarado de la voz de mi vecina: Hola mi amor, ¿cómo ha estado tu día? Suenan los acordes finales de “Lágrimas negras”: «agua del limonero, agua del limonero», voy deslizándome hasta el umbral. Mi vecina sigue hablando sin prestarme atención, «si me acaricias la cara tienes que darme un beso», si me apuro esta vez será “la vez” que me llene de valor y se lo diga, a lo mejor ella me invite hoy a degustar su pollo, «tú me quieres dejar, yo no quiero sufrir, contigo me voy, gitana, aunque me cueste morir…» ya casi estoy a punto de cruzar el umbral. Ven pronto, te espero, dice mi vecina. Y plaff. Su puerta, siempre abierta, se cierra como una bofetada frente a mi cara, en el momento que intento destrabar  la rueda de esta maldita silla, atascada en mi puerta, siempre abierta.

Lien Carrazana Lau, 2007, del libro inédito ’33 segundos sobre un tobogán’, Premio Nacional de Narrativa Francisco (Paco) Mir, Isla de la Juventud, Cuba.

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