Suplemento del Periódico Guamá. (http://el-guama.blogspot.com)

 

(Des)iguales

Uno de los rasgos del totalitarismo de estado es la necesidad de igualar a los individuos intentando desterrar sus particularidades. El molde del ciudadano modelo es perfecto e incuestionable porque lo dice ¿quién? Todos, repite una y otra vez el Estado, para que nos lo creamos, pero en realidad sólo él tiene poder para definir el proyecto de hombre nuevo que una sociedad igualitaria necesita.

Si te sales de la norma eres el producto defectuoso de la fábrica. Una deshonra que esconder. Un ser disfuncional que no nos representa. Así te tratan los regímenes totalitarios cuando te desmarcas de la masa. Te excluyen, ningunean, te apartan de esa muchedumbre construida según el manual.

La única igualdad que han conseguido los sistemas políticos totalitarios es igualar en la miseria y la falta de derechos. Pero no han podido calar en el pensamiento lo suficiente como para exterminar de raíz el deseo de disentir. Por más que nos hayan hecho repetir desde niños: «Pioneros por el comunismo, seremos como el Che», algunos sabíamos que no queríamos ser como ese argentino, y más tarde muchos descubriríamos, destapando esa parte de la Historia que nos ocultaron, que era un asesino, y que destruyó la economía cubana cuando fue ministro. Que ningún niño, ni cubano ni de ninguna parte del mundo, tendría que tomar de ejemplo a este aventurero matón con ínfulas políticas.

Mea (la) culpa

Yo también llevé una camiseta del Che. Tenía 15 años y no había despertado del letargo político, era moda, como si fuera una estrella de rock. Ignorantes de la ideología, los discursos y las ejecuciones. Ignorantes de un pasado que aun hoy nos pasa factura. Dejé de llevar camisetas del Che años después, nunca milité en la juventud comunista aunque en algunas escuelas es obligatorio, por suerte, en mi época y por ser estudiante de arte, me libré de semejante atropello ideológico. Fui cederista porque lo eres desde antes de la mayoría de edad, hice muchas absurdas guardias del CDR (Cómites de Defensa de la Revolución) vigilando calles vacías y perdiendo el tiempo sólo por no dejar sola a mi madre, que la haría de todos modos, conmigo o sin mí. Pagué el sindicato mientras trabajé para que nunca sirviera de nada. Discutí con mi madre porque no pensábamos igual. Me decepcioné de lo que en un tiempo, esos idílicos ochenta, muchos creímos que era la mejor sociedad posible. Claro, no conocíamos otras y nos creíamos todo lo que nos decían. Íbamos con los mismos zapatos ortopédicos a la primaria y comíamos barras de chocolate que vendían en el Mercado Paralelo. Vivíamos en un mundo paralelo. Hasta que derribaron el muro de Berlín, y el comunismo derivó en escombrera por toda Europa. Dejamos de orbitar alrededor de la URSS y nos sumergimos en la realidad: la desigualdad. Sólo unos pocos privilegiados tienen una vida de beneficios y comodidades, y esos pocos son el poder y sus allegados, funcionarios, diplomáticos, hijos de papá comunista, y otra parte que (sobre)vive con remesas familiares mandadas desde cualquier punto del exilio. Yo no formaba parte de ninguno de los dos grupos.

En una foto de mi infancia, tendría un año quizás o menos, aparezco desnuda sentada sobre la cama matrimonial de mi madre, junto a mí una muñeca con un gran vestido de vuelos, sobre nosotras, dos retratos: Raúl y Fidel. Ambos de rígido verde militar, ambos severos, desde la pared, observando. Siempre que miro la foto imagino mil historias alrededor de esa estancia, no logro comprender cómo podía mi madre dormir con semejantes vigilantes detrás. Lo cierto es, que lejos de ser atípico, hay tanta iconografía política en los hogares cubanos como ausencia de retratos familiares. Quizás hoy mucho menos que antes, pero aún quedan viejas paredes desgastadas con alguna roñosa foto de Castro y alguna triste puerta con el cartel: «Esta es tu casa, Fidel».

Querían que fuéramos cosmonautas, ingenieros, científicos, médicos milagrosos, artistas de renombre mundial, atletas de alto nivel. ¡Viva el mundo de los grandes sueños! Pero el hombre nuevo no es el superhombre. Y sus logros son, realmente, los logros de la patria, es ella o más bien en su nombre, que la dictadura te usurpa tus logros y cualidades. Eres un objeto, un soldado, uno más que tiene que morir por la patria para vivir en la tranquila sombra de no meterse en problemas, de bajar la cabeza, de no salirse del guión. De ser siempre eso: un igual.

Fui una más entre ellos, tuve uniformes, caminé en fila india, no grité más alto que nadie, no dije lo que pensaba en voz alta, me cuidé a mí y de mí, de esa parte de mí que  desde adolescente se opuso a creer en sueños falsos. Mi mea culpa es querer salvarme, y que la vida cada día me demuestre, que por mucho que corramos, el pasado es la sombra que sigue nuestros pasos. Mi mea culpa es no olvidar.

El no-lugar

No nos gusta exponer nuestro dolor en la vidriera. No queremos que nos tengan lástima, es un sentimiento bajo, nacido de una compasión bochornosa en la mayoría de los casos. Pero ¿cómo van a entender tu verdad, sin llamarte soberbio, si no están en tu piel, si no conocen la profundidad de tu abismo?

No siento pudor de contar de qué profundidades vengo, de qué infiernos, tengo que exorcizar los recuerdos y no hay mejor modo que las palabras, tengo que explicar por qué no somos iguales. Porque nunca lo seremos. Porque es eso lo mejor que podría pasarnos.

Hay mañanas en que me levanto demasiado sobria, está lloviendo y me enfado porque se me ha mojado la ropa tendida. Hay mañanas muy tristes en que el cielo no acompaña y recuerdo de golpe todo, con el olor del café siento que sólo me pertenece ese instante, absorber ese olor, tomar esa bebida caliente, compartir un cigarro y amarnos. Mi mayor pertenencia soy yo y  esa fortaleza del amor que somos Nosotros. No tengo bienes que me ayuden a aguantar esta crisis. Ni ahorros. Ni familiares a los que acudir en este país. Ni permiso de residencia. Si voy a alquilar un piso, aunque tenga con qué pagarlo, no puedo: no-aval, no-nómina, no-NIE, no-nada… Si voy a viajar fuera de España ni me lo planteo. Ni me planteo irme siquiera de Madrid. En La Habana los barrotes eran el mar después del muro del malecón. Aquí es mi ilegalidad, palabra que me hace sentir una fugitiva que no acaba de encontrar la libertad. Una esclava de las circunstancias y los sistemas políticos. No tener estatus legal de residente es una falta administrativa, no un delito, pero nos convierte en no-personas que viven en un no-lugar llamado Exilio. El mío se escribe con E de España.

Soy libre porque sí

Era libre desde Cuba sin saberlo. Eres libre cuando no dejas de soñar, de desear, cuando tu verdad es la raíz que sujeta tu espíritu, cuando no doblegas tu alma ni te resignas. Eres libre cuando eres dueño de tu vida, porque por mucho que nos esclavicen los acontecimientos, tuyo es tu cuerpo y tu mente, nadie debe robarte el derecho a ser tú, sea eso lo que sea, tenemos derecho a la diferencia.

Por ese derecho me fui. Por ese derecho quiero ver a mi país libre del comunismo. Por ese derecho escribo. Por ese derecho te digo que no, no eres como yo. Nunca serás como yo. Ni hace falta tampoco. No soy un ejemplo a seguir. No seré jamás una heroína. No seré cosmonauta. No seré el orgullo de ningún patriotismo. No seré lo que otros quieren que sea.

 

Y es que, como dicta la justicia, los hombres no son iguales; y ellos no pueden querer lo que yo quiero.

“Así habló Zaratustra”, Friedrich Nietzsche.