El azar sopla en las calles, los pasillos y las plazas de la ciudad. Me gusta caminar en las tardes rumbo al estanco. Siempre he construido rutinas solitarias alrededor del acto de fumar. Esté en la ciudad que esté, necesito de un momento a solas con mi barrio y un cigarro. Escuchar música. Ver a la gente pasar en sus rutinas. Cargados de bolsas de la compra, arrastrando a sus hijos, llevando la verdad invisible de sus vidas a cuestas. Los miro como queriendo atravesar sus cuerpos y entrar en sus mentes. Los escudriño. Los espío. Recreo vidas posibles, circunstancias, roles. Por un rato muevo sus hilos falsamente. Termino el cigarro y vuelvo a casa lentamente con sonrisa de Gioconda.

Ayer coincidí por segunda vez con un desconocido que me es familiar. La primera vez estábamos frente a frente en el metro. Él llevaba una caja de cigarros entre las manos y un mechero. Escuchaba música. Se bajó en mi parada de metro. Desapareció en la noche. Pero su rostro se me quedó, y lo he reconocido en el estanco. Compró una cajetilla de Lucky Strike. Yo compré Cross Road y papel OCB . No sé si me reconoció. Tomamos caminos diferentes sin mirarnos.

Regresé a casa recordando que esa mañana nos habíamos enterado de que en nuestro edificio vivía otra cubana. No la conocemos ni creo que lo hagamos. ¿Qué nos une? ¿Un país del que nos fuimos? Quizás su Cuba no tenga nada que ver con la mía. Sería absurdo tocar la puerta de su casa sólo con ese pretexto: la patria.

Puede que las casualidades signifiquen algo. Puede que el rostro de ese desconocido me sea familiar por algún motivo que no logro comprender. Puede que sea uno de ustedes, tú, por ejemplo, que me lees ahora. Puede que mi vecina cubana nunca se cruce conmigo en el pasillo. Puede que se trate realmente de alguien entrañable. Puede que lo mejor que nos pase sea (no) conocernos. Pero lo más seguro es que sólo nos crucemos como transeúntes que toman un autobús y se miran de reojo o se protegen de la lluvia en un portal, y luego siguen su camino sin mirar atrás.

Y no seamos más que eso toda la vida: extraños que se encuentran en el camino. Sin llegar a conocernos. Pero, y ¿si es todo lo contrario? Mientras estemos vivos habrá que averiguarlo.

Esa tarde me invadió una grata sensación de bienestar. El sabor de una pequeña revelación surgida de una cadena de hechos sin aparente importancia.

Esta mañana, conversando por Twitter, recordé este poema de Pessoa, y todas las imágenes volvieron. La incertidumbre agridulce de desconocer el futuro sopló en mi cara, como en las calles, pasillos y plazas de la ciudad.

 

TABAQUERÍA, Fernando Pessoa (15-1-1928)

No soy nada.

Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe
quién es
(y si supiesen, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace
blancos los cabellos de los hombres,
con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de
nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,
y no tuviese más hermandad con las cosas
que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la
calle
la hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida
dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.

Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fallé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron.

Descendí por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
y cuando había gente era igual a la otra.
Me retiro de la ventana y me siento en una silla.
¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
no habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí… ¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
—sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
y quién sabe si realizables,
¿nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que
Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para esto,
seré siempre sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie
de una pared sin puerta,
y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me despeina,
y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no venga.

Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y él es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(Come chocolates, niña;
¡come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de
los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú
los comes!
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,
arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)

Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto amplio con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como estatua con vida,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno —no concibo bien qué—,
todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar
¡qué inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
me invoco a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo esto me pesa como un condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni
creído
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan
la cola
y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.

Hice de mí lo que no supe,
y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me
perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como un tapete con el que tropieza un borracho
o la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.

Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó
en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
y con la incomodidad de un alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.

Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
Y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las
cosas como letreros,
siempre una cosa frente a otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra.
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del
misterio de la superficie,
siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como mi camino,
y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una
indisposición.

Después me reclino en la silla
y sigo fumando.
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo
del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la
Tabaquería sonrió.