Se vive en la mentira mientras no se
ha sufrido. Pero cuando se comienza a
sufrir, se irrumpe en la verdad únicamente
para echar de menos la mentira.
Desgarradura, E. M. Cioran
 
 

Ha comenzado el invierno y el cuarto es frío pese a la calefacción. Catherine está sobre la cama, tiene puesto un pulóver de mangas largas. El pulóver está desgastado, pero conserva en el centro el dibujo de un pez que se traga la esfera del mundo usada como carnada en un anzuelo.

La luz blanca deja sin matices la habitación. Le saca los bordes a todo. Las pequeñas evidencias de fealdad en los objetos. Lo depauperado de una casa vieja, una cama con sábanas desteñidas, el cuerpo de Catherine desnudo de la cintura para abajo, el pelo del pubis crecido y oscuro, la vulva ligeramente abierta, la flacidez de sus muslos que comienzan a denotar que ya no tiene 30 años, los pies cubiertos por medias que alguna vez fueron nuevas. A su lado, Javier, completamente desnudo, la observa.

—¿Qué? —pregunta ella.

—Nada, te miro.

—¿Y qué ves?

—A mi mujer.

—¿No tienes ganas de hacer el amor?

—Sí.

—¿Y qué esperas? Me caigo de sueño…

—Espero un poco de participación tuya.

—Ya estoy participando, ¿no ves?, estoy casi sin ropa, pero no me voy a quitar el pulóver, lo siento, hace frío… Ven, acaríciame…

Javier tiene ganas de levantarse, vestirse, irse al carajo, por la puerta del cuarto, la sala, la puerta enrejada del jardín, hasta cualquier sitio. No obstante, se queda. Comienza a tocar el sexo de Catherine.

Ella abre las piernas, se llena la mano de saliva para luego sobarle el pene que aún está medio flácido, pero enseguida comienza a endurecerse. Tres años de casados es tiempo suficiente para con pocos movimientos poder motivarlo. Javier también sabe las cosas que satisfacen a Catherine. Pero últimamente ella tampoco lo complace demasiado ni demora mucho tiempo en juegos sexuales, le pide enseguida que se la meta, y todo termina muy pronto. Luego las buenas noches, cada uno para su lado. Ella no soporta dormir abrazada.

Javier está masturbando a Catherine, mira el oscuro vello del pubis y siente que todo aquello es más mecánico que cepillarse los dientes cada mañana. De pronto se sabe tan falto de entusiasmo, tan carente de esa excitación física, mental. No comprende cómo puede en unos pocos minutos esfumarse la sensación de felicidad que a veces siente junto a ella cuando comparten gustos como la música, el cine o cuidar las plantas del jardín. No sabe cómo pudo llegar a este punto donde verla desnuda es ver al butacón de la sala. Dónde está esa mujer seductora que se cuidaba de lucir frente a él. Javier no comprende cómo ha llegado a este estado donde la masturba y piensa que se siente terriblemente infeliz.

—¿En qué estás pensando? —pregunta ella.

En que soy infeliz —dice para sí sin detenerse a pensar en lo que implique, con total convicción de que eso es justo lo que responde la pregunta de ella. En ese mismo momento ella se arrepentirá de preguntar, toda su vida se desplomará al unísono. Se formularán otras preguntas con respuestas todavía más desconcertantes y dolorosas, habrá que llegar al fondo de todo.

Javier sabe que ella en realidad no quiere saber lo que él está pensando. Él tampoco quiere decírselo. Afuera para Javier todo es ajeno. Después de la reja del jardín no hay otro lugar, no hay padres que le acojan en casa, no hay amigos que le inviten a pasar la noche, ni dinero para hoteles baratos, sólo un país que le cobija con recelo mirando su cara de emigrante, sólo una soledad de perro vagabundo en la cafetería del metro, como antes de conocerla a ella. Y también está Betty que le sujeta la mano imaginariamente, esa niña que ahora duerme tranquila en el cuarto contiguo, y que mañana le despertará dando brincos sobre la cama, gritando: daddy!

Por eso, luego de una pausa dónde intenta buscar la respuesta adecuada, Javier respira hondo y dice:

—No estoy pensando absolutamente en nada mi amor, sólo escuchaba los grillos.

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Lien Carrazana Lau, La Habana, 2007. Publicado en www.centronelio.cult.cu
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