Papá Fidel mató a Papá Noel en 1959. (La Habana, 2011. Foto: Getty Images)

 

La euforia colectiva inyectada de generación en generación. Por los medios, los padres, el colegio, los comercios, los políticos, los curas, la madre de los tomates.

Pienso en La Habana. La sucia terraza de la calle Acosta donde ya no vive mi madre, donde antes viví yo, donde ahora viven unos extraños que no conozco, que no conoceré. Extraños que ocupan ese espacio minúsculo que antes fue mi casa diez años, ese espacio que vio las mil caras de mi cara.

¿Qué es Navidad? ¿Tú me lo preguntas?

Navidad eres tú.

Desde mi sofá en Madrid emerge de mis recuerdos la imagen de mi madre.

Abrazarla. Eso sería lo que le pediría a Papá Noel si existiera.

Mientras cantar, como antídoto, como fórmula, como droga para vivir. Cantar una canción en común. Tener otra boca que cante con uno las mismas canciones.

Me cago en los Castro...

Sobre la mesa de Navidad, la ausencia de su significado es un plato que con amor adobamos, cocinamos y comemos mi hombre y yo. Somos felices. Esa es nuestra Navidad. Estar juntos. Amarnos. Crear con nuestros días un espacio de luz. Que nuestros fuegos no sean artificiales, sean inextinguibles. Fuegos interiores. El fuego de la vida.

 

 

'Los amantes', de la serie 'Food & Feel'.

 

El médico de guardia en el hospital, la camarera que sirve la cena de otros, el camión de la basura que se lleva el envoltorio de tu fiesta, el conductor del autobús, la azafata de avión, el reportero del telediario, la china de la tienda, el taxista, los presidiarios, el policía, el asesino, la sirvienta, el ladrón, el músico que ameniza la Nochebuena ajena, el vagabundo entre cartones, la gitana redoblando turno, limosna navideña de paga extra, «abrázame en euros», que hace frío hasta la asfixia.

Vuelve, a casa vuelve… Quien tiene a donde volver, volverá. La casa del exiliado es su yo y su imaginario. Los aeropuertos le recuerdan una (im)posibilidad. Viaja en el metro, mundo subterráneo. Le mira las bragas al mundo. Esquiva largas piernas de acero afilado. Huye de la mierda de perros gigantes.

Las alcantarillas son las tripas de la ciudad. A la humanidad le huelen los pies.

En el metro confluyen los submundos. Hombres tristes, guapos y solitarios leen un libro o en un iPad blanco-impersonal hunden sus ojos, perdidos en la atemporalidad. La muerte viaja en el vagón, tan natural, como el oxígeno, en el conducto de la calefacción, entre las bufandas y los abrigos, se esconde en mi pelo.

Le das el asiento a una niña latina, su cuerpo diminuto se deposita junto a mí llevando un caramelo entre las manos, te miro y hablamos, el vaivén de realidades a nuestro alrededor, la imperceptible velocidad de las células, la niña queda a mis espaldas.

De pronto el vagón se llena de pequeñas mujeres latinoamericanas.

Me vuelvo al escuchar la algarabía, la niña tose, la madre asustada le riñe: Nunca más te daré caramelos.

Le doy mi asiento a la madre. Elegguá también estaba en el vagón, pero la próxima vez la prudencia materna tendría que proteger a la hija.

Caminamos hacia la puerta, la madre me dio la gracias, bajamos del vagón, el susto se disipaba del cuerpo. Te tomé de la mano y volvimos a casa. El Niño Jesús nacía una vez más junto a millones de niños de todo el mundo.

Na’ vida, la vida en Navidad. Celebrando otro año más la felicidad de estar vivos. Sea cual sea el pretexto que usemos.