'Manos dibujando', 1948, litografía de M. C. Escher. (www.mcescher.com)

 

Pasado el efecto fin de año: Volvemos a ponernos el traje de sobrevivientes y nos lanzamos a caminar el 2012 llenos de esperanzas y deseos, pero llevando en el equipaje algunas metas incumplidas porque el paso de un año es puro formalismo frente al paso del destino. De ahí que no creo sea coincidencia que terminara 2011 como lo empecé, en una fiesta multicultural en Lavapiés, en la misma casa, con más o menos los mismos amigos y (des)conocidos, las mismas canciones balcánicas  e internacionales tocadas por los músicos de Million Dollar Mercedes Band, y la misma alegría colectiva que oxigena algunas de mis noches en Madrid para crearme la ilusión de que esta ciudad es mi hogar ahora. «Se cerró un círculo», le dije a la anfitriona de la fiesta cuando nos saludamos —un año antes no nos conocíamos e irrumpimos en su ático llevados por otros invitados—.

Veo símbolos por todas partes como fantasmas, siempre he pensado que detrás de cada hecho hay un significado por descubrir, pero mi mente deficiente no logra la mayoría de las veces ver con claridad. Esta vez sentí que el año me daba una bofetada mostrándome mi vida circular, mi vida que gira sobre sí misma, mareada, cansada, sonriendo cuando quiere vomitar, bailando para no llorar. Mi vida déjà vu como las luces navideñas de Madrid, recicladas del año anterior. Mi vida varada en el Hoy.

 

Cuatro años, tres meses y 26 días en España: Sí, cuento el tiempo aunque no sirva para mucho. A estas alturas creo que sólo es leña al fuego de mi melancolía. Por eso no me extraña que Tres años, seis meses y 8 días en ningún lugar sea el post más leído de mi blog en 2011, convirtiéndose en la cínica metáfora de mi realidad, tan inamovible como la de Cuba, que otro primero de enero vuelve a levantar la vieja bandera “revolucionaria”, ahuecada, sangrienta, triste,  y cubre con ella nuestras vidas aún cuando hayamos escapado a las alcantarillas del mundo. Eso sí, no sin antes regalarnos otra desilusión con la postergación de esa reforma migratoria que no llega mientras indultan sólo a algunos presos, los 11 millones de cubanos, dentro o fuera de la Isla, seguimos prisioneros del Castrismo. Y sin hallar el modo de castrarlo.

¿Esperanzas de cambio? No. A estas alturas creo que lo tengo se asemeja a la fe ciega en que esta vida no puede ser una maldita serpiente mordiéndose la cola ad infinitum. A estas alturas… ¿O tendría que decir profundidades?, ya que más bien vivo bajo tierra, en el subsuelo ciudadano, sin derechos, ni aquí ni allá ni en ninguna parte.

Mis derechos eran verdes y se los comió una vaca, igual que a la esperanza.

Ya los cagará…

 

Las esperanzas somos nosotros mismos: Me digo frente al espejo cada mañana, a veces no me creo. Otras sé que me miento para darme ánimos. Pero la mayor parte del tiempo soy mi esperanza, incluso la de otros, porque cuando amamos repartimos fe en cada abrazo.

La gente le teme al amor, a la cursilería que desprende, al halo mágico y a la cara del enamorado, a escribir cartas de amor y al kitsch romántico. Ese miedo es falta de fe, de humanidad, de autoestima, de imaginación. Como dijera Pessoa en boca de Álvaro de Campos: «(…) al fin y al cabo, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas.»

 

Una hoja en blanco: Sea virtual o real, es una bendición o un castigo. Según esté de llena o vacía la mente del que escribe. ¿La mía? Llena de canciones, imágenes, deseos, fuegos artificiales, cenas, recuerdos, pasado, futuro, cigarrillos, noches de sexo, nombres, rostros, olores, miradas, amor. Mi mente está llena de amor. Como un caramelo es azucarado si es un verdadero caramelo. Como una madre es dulce con su hijo, si de una MADRE se trata. Como es el mundo de natural. Como es mi vida, en resumen, porque las circunstancias, los contratiempos, las amarguras y el estigma no han podido matar ese torrente que viaja por mis venas, y me hace llenar cuartillas, otro año más, amando esta vida que nos tocó vivir y viviendo para contarla.

 

Esto también es mi vida: Las palabras. Ellas me hacen tan feliz como el amor. De ellas nunca me separaré, son mi pasaporte a tu imaginación, y aquí estarán un año más.

Pero mientras, puedes recalentarte las más leídas del año anterior:

 

¡Próspero año nuevo! Y hazte un favor, ama.