Una casa donde una mujer no llene de luces con su voz las paredes, los rincones entre mueble y mueble, una casa donde una mujer no baile dibujando felicidad en el suelo, donde su danza no construya destellos eróticos, sombras que invitan a recorrer sus caderas, carreteras al sexo, su sexo. Una casa donde no exista el eco de una mujer tarareando una canción, abriendo ventanas donde antes hubo un muro gris. Una casa sin la sonrisa de una mujer desnuda que se desliza como un animal domesticado ante su dueño en danza que es ofrenda, homenaje, entrega, hipnotismo. Quien es domesticado también domesticó con el deseo de ser poseído, domesticó tus ganas de tener, domesticó tu lujuria. Quien es domesticado te posee desde su sumisión, se tiende a tus pies y los acaricia porque esos pies tuvieron que recorrer praderas, montañas, desiertos, autopistas, ciudades negras, parajes incómodos, junglas, posadas, cementerios, masacres, pantanos, plazuelas, guerras mentales, noches, orgías, manifestaciones y tiroteos. Esos pies están curtidos de mundo para alcanzar su deseo. Quien es domesticado ama el cautiverio de las piernas que son su vivienda. Una casa sin una mujer domesticada llenando de belleza y alegría el espacio, no es un hogar del todo, es una jaula abierta. Una ratonera esperando presa. Un castillo sin reina. Una caja de zapatos vacía. Un encantador sin serpiente. Un mago sin conejo en el sombrero. Un calcetín sin compañero. Una interrogante sobre la cabeza de miles de hombres solitarios que esperan el amor sentados en el sofá. Una noche más.

 

Lien C. Lau, Madrid, 2012.

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