Llegada del Papa Benedicto XVI a la Plaza de la Revolución de La Habana, 28 de marzo. (REUTERS)
El Papa Benedicto XVI arriba en el papamóvil, miércoles 28 de marzo de 2012, a la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana. (AP)

Mi relación con la religión católica es muy breve y lejana. Mi abuela materna me leía oraciones cuando me enfermaba. De puertas adentro siguió con su fe hasta que murió a finales de los ochenta. Antes de yo nacer mi madre tomó la primera comunión, aunque después del 1959 no creería ni en su sombra como solía decir, como dicen muchos en la Isla, para despistar o por convicción, lo cierto es que en la Cuba revolucionaria de los primeros años se persiguió a todo aquel que no se ajustara a ese ideal de hombre nuevo cuya única fe tenía que ser la Revolución. Católicos, homosexuales, rockeros, practicantes de otras religiones, fueron expulsados de sus trabajos, escuelas, repudiados, sólo por ser diferentes. (El periodista Reinaldo Escobar en ‘La expresión material del ateísmo’ nos recuerda algunas aristas de ese pasado.)

La Revolución nos quiere uniformados, nos quiere iguales, nos quiere máquinas.

Cuando el Papa Juan Pablo II viajó a Cuba del 21 al 25 de enero de 1998, yo tenía 17 años y me movilizaron para asistir a la misa en Santa Clara. Cuando pude, me escabullí entre una multitud fatigada por sol, vestida de amarillo y blanco. Un mar de gente. Movilizaciones “obligatorias” al más puro estilo cubano, como imagino continúe siendo en la actualidad. Las imágenes de los santiagueros bordeando una carretera desértica desde el aeropuerto hasta la entrada de la ciudad para recibir a Benedicto XVI hablan por sí solas, así como los volantes donde la asistencia a la misa contaba como día laboral.

Tarjetas para ‘fichar’ la asistencia a la Misa del Papa. (Facebook: R, Cruz)

En 1998 no me interesaba otra cosa que mi micromundo adolescente. Ni me enteré de aquellas palabras que dejaría Juan Pablo II para la historia: «Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba».

Pero ni así Cuba se abrió. O sí, de patas. Cada día más. Como una mujer vieja y cansada que ya no le interesa a casi nadie. Y el mundo se abrió, de culo, para que otro Castro, Raúl, general disfrazado de reformista, juegue metiendo el dedo en algunas frágiles e hipócritas democracias simpatizantes con la longeva dictadura cubana.

Catorce años después un segundo Papa visita Cuba, la isla amnésica, que se entrega al fervor religioso, como si de un cantante de pop se tratara. Como si nunca hubieran reprimido a los católicos. Borrón y Papa nuevo.

En el viaje de México a Santiago de Cuba el Papa Benedicto XVI hizo unas declaraciones a los periodistas con las que nos sorprendió: «Es evidente que hoy día la ideología marxista como era concebida ya no responde a la realidad y así no se puede construir una sociedad».

La posibilidad de que diese una señal de apoyo, dijese algo de esa envergadura, frente a la multitud de creyentes y no creyentes que congregaría su visita, se desvaneció este 28 de marzo con su última misa en la Plaza de la Revolución de La Habana. Benedicto XVI perdió la oportunidad de hacer historia, pasó de puntillas por Cuba, con ese tono bajo que susurra las palabras, casi como peregrino de turismo religioso. Algunas frases, que leídas pueden contener gran simbolismo, quedan flotando sobre el aire de la Isla, y se las lleva el viento, vacías de significado; la búsqueda de la verdad y la libertad para quien tiene la supervivencia como primer objetivo es pedirle peras al olmo. El pueblo cubano lleva 53 años bajando la cabeza, el miedo, la desunión, la miseria, esas son las armas del régimen castrista para que el rebaño no se descarríe. La Revolución es una religión y Fidel, dios en la Isla, de ahí que existan fidelistas incluso desde cómodos sillones europeos.

Fidel Castro es todo menos divino, si algo tiene de bíblico es su necesidad apocalíptica y disparatada de dibujar el mundo enfrentado siempre a su gran enemigo: El Imperio, es decir, Estados Unidos. Sé que suena a cuento de ciencia-ficción o cómic pero así es de caricaturesca nuestra (ir)realidad.  Fidel es Satán, y como diablo, al fin y al cabo, vive en el infierno con aire acondicionado, mientras las almas cubanas vagan en pena sudando a chorros en lo que para unos es el paraíso de la utopía y el eterno verano, y para otros el infierno del totalitarismo tropical.

Fidel Castro y Benedicto XVI. (REUTERS)

¿No le quema la mano a un hombre de Dios si estrecha la de un asesino?

Más allá de la religión, o más acá, Benedicto XVI es un jefe de Estado. Y cómo tal fungió en Cuba, asistiendo a las ceremonias de rigor, reuniéndose con Raúl y Fidel Castro, pero ¿y la disidencia, las Damas de Blanco, los opositores, acaso un mandatario consecuente con los valores de la democracia no tendría que prestar atención a esas voces?

La mordaza castrista llenó los calabozos para impedir que el menor ruido empañara la visita papal, sin embargo, un hombre anónimo, un valiente, como sólo pueden serlo los locos o los desesperados, tomó un micrófono en la Plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba y gritó ABAJO EL COMUNISMO. Segundos después era abofeteado, sacado a rastras del lugar, “un miembro” de la cruz roja cubana lo agredió incluso con una camilla. Se desconoce su suerte posterior al arresto, pero quienes no tenemos los ojos vendados sabemos que ese hombre firmó su sentencia.


El incidente no tuvo repercusión en el resto de la ceremonia.

No apelemos a la evidente censura ideológica de quien es golpeado por pensar diferente, ¿la violencia no es condenable? La hipocresía me hace perder la fe en las personas, en general, sean políticos, religiosos o amigos, la hipocresía es hermana de la amoralidad, y lo que en mi país es producto de un miedo atroz a una dictadura represora, en otros contextos es simplemente falta de compromiso con la libertad de la que se disfruta.

Ese santiaguero anónimo, ese pequeño hombre desconocido, hizo más que el Papa Benedicto XVI y dijo menos, sólo una frase, gritó nuestra verdad, esa que el Papa pidiera con frases quizás demasiado distantes para el cubano de pueblo. Porque la gran verdad es que nadie va a salvar a Cuba si no lo hacemos nosotros mismos, los cubanos.

Si para algo sirven estos acontecimientos, es para que la opinión pública mire de nuevo a esa olvidada isla, y se logre filtrar la otra cara de la realidad, la que la prensa oficial cubana nunca contará. El resto es rastro de alfombras rojas, derroches económicos en un país miserable, represión, y flashes. El resto son frases sueltas para enmarcar, como cualquier tweet elaborado, pero ¿gestos, hechos, acciones?; el Papa regresa al Vaticano, Fidel sigue vivito y culeando sin tener con qué, los cubanos estamos hechos papilla por la política, y ¿el puré de Castros para cuándo? La misma pregunta en el aire. El mismo anhelo. La democracia no se logra con milagros, y esperar a que la octogenaria nomenclatura muera no es consuelo, ni solución.
Pero también queda un grito, y la fe de que se haga eco, el grito de un cubano que haga a otro cubano pensar: ‘Abajo el comunismo’.

Cuba sólo será libre si lo somos nosotros primero. Libres para pensar. Libres del miedo. Libres para aceptarnos desde la diferencia. Y que nuestra alegría interior, de la que hablaba Benedicto XVI, no se vuelva handicap, conformismo de sonreír mientras nos marcan con hierro caliente.

 

Lien C. Lau, Madrid.

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