Lánguida la tarde

llora sobre la playa

e imagino que es Dios quien llora.

Nadie llora,

sólo agua cae del cielo,

sólo ruido sale del mundo.

Ese, de los cuerpos increíbles,

redondos por todos lados,

en su contenido: de carne, sangre y alma.

 

Un alemán rudo me miró

y  yo soñé con él.

Soñé que tocaba su cabeza,

besaba su mano

y él me sostenía fuerte.

No hicimos revolcar los cuerpos increíbles.

Desperté y no estaba.

Lejos, vi su rostro,

todos los días de mi estancia en la Villa.

Otros alemanes me miraron

y eran rubios, muy blancos.

Entré en el salón y sentí miradas sobre mí,

como cuadro que ves en el museo

o el maniquí en la vidriera.

 

Adiós, lluvia de lágrimas.

Soledad es playa,

porque usted

no es arena

mar

cielo.

Yo no soy usted.

Adiós, ojos que fotografían instantes,

y alemanes

de narices

ojos

boca

piel

iguales.

Yo me alejo: mestiza, china, cubana.

 

La playa vuelve a ser con sol y los músicos cantan para todos.

Alguien, como yo, se va

y perdemos nuestra imagen

en otro «jardín de senderos que se bifurcan».

 

¿Hay tiempo?

¿Para caer sobre la imagen de cabeza

como lanzada de ese alegre yate,

que ahora navega repleto de turistas?

Lindos ojos que me miran,

fotografíen esta imagen

que morirá.

Es tarde, alguien y yo nos vamos

y nunca más nos volveremos a ver.

Quien por casual error me filmó en su vídeo,

borrará la cinta y olvidará mi rostro

como una gota de lluvia que se seca sobre la arena.

 

Ha terminado el tiempo,

Me encierro en el baño y leo en alta voz

un verso y otro.

Tres veces en el espejo.

Boto el papel por el servicio.

Descargo.

 

La poesía es ese tiempo inatrapable dentro de la taza de té que nunca me tomé, a las dos de la madrugada, en el folclórico bar de este hotel, mientras, por supuesto, escribía con mala letra estos escuálidos versos.

 

 

Lien Carrazana Lau, Varadero, Cuba, 2001.