Dejarse navegar por la música.
El humo baila de la boca al cielo,
se trepa por el borde de la noche,
es llama en mitad del tedio.
Ella, en la sombra de sí misma
y él aparece, es casi un padre preocupado.
Se dan la mano. Suben juntos a la barca.
El sabor del vino no corre por sus bocas.
Se miran sin tocarse.
Él rema.
Sus cabellos son acariciados
por pequeñas brisas
libres del resto del mundo.
No se logra ver aún la otra orilla.
El viaje es un mar interminable,
una mandolina abandonada en una playa,
sin manos, sin ojos
que logren acariciar su viejo cuerpo de madera.
Ella está en silencio.
No logra entender cómo su lengua se ha callado.
Es feliz sin las palabras.
El verbo no hace más que escombros sobre su cabeza.
Si existe el amor,
debe ser esa música que se extiende por el cuerpo,
esas ondulaciones que el agua y el remo logran
en conjunción con el remero.
Si es amor algo,
debe ser la Luna que se deja ver sobre ellos,
guiándolos a la nada
que es lo mismo que ir hacia todo.
Si algo se parece a la felicidad
es el encuentro de sus dos almas
sobre esa barca que viaja
tranquilamente a la muerte.
Sin miedo.

 

 

Lien C. Lau, La Habana, 2006.

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