Hace poco conocí a un cubano, nacionalizado español, que reside en Cuba y estaba de visita en España. Recibió la nacionalidad española por ser hijo y nieto de españoles. Su abuela era canaria, se estableció en Cuba cuando huyó de la dictadura franquista, y guardaba una botella de vino para celebrar la muerte de Franco, como su nieto guarda en la actualidad una para cuando muera Fidel.

La abuela canaria de mi amigo aún estaba con vida cuando Franco murió, pero por desgracia ya no estaba lúcida para celebrarlo. Sus familiares, de todos modos, abrieron el vino y brindaron con ella. 

Cada vez que hablo con algún español sobre el tema cubano y me dice: «Pero a Fidel le queda poco para morirse», le digo: «Sí, pero eso no resolverá mucho». Esperar a que muera el Gran Dictador es una opción pobre e ineficaz si tenemos en cuenta que quien “corta el bacalao” en Cuba ahora es Raúl Castro, y que no se trata solamente de una figura, sino de una familia, una casta, una cúpula militar en el poder. Por otro lado, “esperar”, ese arte demasiado bien aprendido por el cubano, nos ha hecho más viejos junto a una dictadura que, mientras más años cumple, más se afianza, normalizando lo anormal, ante la indiferencia creciente del mundo que ya se ha cansado de oír hablar de nosotros: «¿Cómo “dictadura”, si  fui el año pasado al Melia Cohiba en Varadero y me lo pasé genial?», pensará cualquier turista cayéndose de la mata.

Esperar a que muera el dictador no es un buen consejo, puede que nos pase como a la abuela canaria de mi amigo, y la decrepitud no nos deje disfrutar del cambio. O peor, podríamos morirnos antes.

Los vivos nos quedamos desolados ante la muerte cuando nos sorprende; depende de quien muera, unos se alegran, otros lloran. Las muertes que conmueven a numerosas personas son una especie de contagio colectivo de la tristeza, respeto y veneración se juntan, el recuerdo del fallecido se vuelve bandera, su nombre en todos los telediarios, en todos los idiomas, en millones de cabezas. La muerte recorriendo el planeta es la última energía del fallecido aferrándose a este mundo, la esencia de su espíritu. Su legado.

Muchos cubanos talentosos, honestos, valientes, defensores de la libertad, han dejado este mundo sin ver a su patria libre de la dictadura castrista. Muchos nombres que no morirán porque su herencia cultural, social, política, les ha eternizado en la Historia. La muerte no distingue entre buenos y malos, se lleva a cualquiera. La muerte es injusta y apolítica. Y a veces es una salida fácil, la muerte tranquila de un tirano dormido en su cama, la muerte natural, la muerte blanda. Inmerecida.

En cambio, cuando muere alguien que no debió morir tan pronto, cuando la muerte mata ayudada por las malas intenciones, la muerte es sucia, traidora, mezquina. Inmerecida.

Con varias amenazas de muerte a sus espaldas, este mes de julio perdieron la vida los disidentes cubanos Harold Cepero, y Oswaldo Payá Sardiñas, líder del Movimiento Cristiano Liberación, en un accidente de coche donde está imputado el español Ángel Carromero, miembro de las juventudes del Partido Popular español, quien conducía el vehículo. Con la muerte de Payá la disidencia interna cubana pierde a una figura de peso, al hombre por el que Fidel Castro cambió la constitución para decretar la “irreversibilidad del socialismo” e imposibilitar que las más de 10 mil firmas recogidas por el Proyecto Varela, que creara Payá, pudieran alcanzar legitimidad ante la Asamblea Nacional del Poder Popular para pedir un referéndum.

¿Cuántos cubanos más han de morir sin alcanzar a ver la democracia por la que han luchado? La muerte no juega en nuestro equipo, eso está claro, tendremos que apelar a la vida, a nuestra juventud y a nuestro empeño. Para tener algún día una patria libre (donde morir). Para regresar como Celia Cruz no pudo. Para ver el cambio que Payá, Wilmar Villar, Zapata Tamayo, Laura Pollán y otros muchos opositores cubanos no pudieron ver en vida.