De la serie 'Good News', de Juan Carlos Alom.
De la serie ‘Good News’, de Juan Carlos Alom. (juancarlosalom.com)

A un niño cubano le preguntan: «¿Qué quieres ser de mayor?» y responde: «¿Yo?Extranjero». No es que el niño sea un lector prematuro de Camus, simplemente no quiere ser lo que es, y quiere ser lo que ya es. Todos somos extranjeros para alguien, pero la visión del “extraño”, “el forastero”, ese recelo hacia lo foráneo, visible tanto en grandes urbes como en pueblos recónditos, en Cuba se revierte.

Allí el extranjero llega cargado de espejitos donde un coro de miserables anhela mirarse. Los mismos que extienden la alfombra roja del servilismo y el interés, ya sea a un español o a un árabe, para un cubano medio cualquiera que no sea cubano está “mejor” que él. Ah, eso sí, “mejor” económicamente, porque somos más alegres, más divertidos, más cultos, más preparados, más bailadores, más folladores, más… (In)felices que nadie

Medio siglo de dictadura nos han adiestrado muy bien en el arte de mentir(nos), en el chovinismo simplón, en creernos todo lo que nos cuentan sin contrastar versiones, sin ver. La revolución cubana es una religión y sus adeptos profesan (o fingen profesar) una fe ciega.

En contraposición a lo nacional, lo extranjero se presenta como utopía de una vida mejor. De ahí que el emigrante/exiliado represente también el “hombre de éxito” de una sociedad (tan enferma) como la cubana. Otro espejismo.

¿Cómo hacer patria sin país?

La libertad como concepto mental, interior, puede poseerla hasta un preso a cadena perpetua; somos libres en el pensamiento, podrán decirte qué pensar, pero la decisión de pensarlo es tuya. En cambio, la libertad como derecho ciudadano, tangible a través de la legalidad, aquello que avala que x ciudadano de x país tiene x derechos por formar parte de x sociedad, la libertad como un valor de la democracia, ha de alcanzarse únicamente si se forma parte activa de una sociedad demócrata.

En las condiciones políticas actuales en Cuba (53 años de dictadura y pa’ lante), un cubano que aspira a la libertad (de modo individual e inminente) más allá de la cárcel de su mente, ha de adoptar otra ciudadanía, ha de sentirse primero huérfano, ha de reconocer que mientras sea ciudadano de un país en dictadura tendrá un dueño, será mirado con mala cara en los aeropuertos, pertenecerá al Eje del Mal, será tratado como un perro por sus congéneres en su propio país, pagará mucho dinero por un pasaporte que no vale más que para recibir disgustos, dinero que irá a los bolsillos de los Castros, cuyos familiares viajan por todo el mundo, incluso a Estados Unidos, ese legendario “enemigo imperialista”.

Querido enemigo 

El enemigo de un cubano es otro cubano. El enemigo de un cubano es el espejo. El enemigo de un cubano es su sombra escurridiza cuando intenta huir de lo que es y su nacionalidad lo acorrala en cada esquina.

Cuando voy a despedir a alguien a Barajas me lleno de sentimientos encontrados. Una parte de mí envidia no poder cruzar esas barreras y viajar al pasado. Volver a las calles destruidas de mi antiguo barrio de la Habana Vieja, sentarme en el muro del malecón, ver a mis amigos, mi familia, recorrer lugares que hoy son un vago recuerdo. Pero otra parte de mí sabe que aquello ya me es ajeno, que no formo parte de aquel cosmos. Y cuando miro a mi alrededor, en la cola de facturación, a esos cubanos cargados como mulos, algunos con sus pasaportes azules y rojos (de españoles), muchos de ellos con esa gestualidad vulgar que me recuerda también porque quería irme, (porque no soportaba tanta chusma, tanta miseria, tanta falta de dignidad) porque me niego a ser parte del circo nacional, a fingir, a callar, a tener miedo, a no cumplir mis sueños, a no buscar otra posibilidad, otra verdad, e incluso, la libertad, esa utopía con mayúsculas.

Pero ¿de qué vale la libertad si te la quitas como un traje para bajar la cabeza cada vez que vuelves al infierno de donde saliste? Un cubano que hoy quiera ser totalmente libre ha de dejar de ser cubano, algo que es casi imposible si no rompes cualquier vínculo con la Isla.

¿Ser o padecer?

⎯¿Quién te has creído que eres, Alicia?

⎯Yo no me creo, yo soy.

Diálogo del filme cubano ‘Alicia en el pueblo 

de Maravillas’ (1990)

Tenemos la posibilidad de ser quienes queramos (con los ingredientes que la vida nos dio: un nombre, una nacionalidad, unos genes, etc.), pero seremos lo que podamos (y dependerá  también de la alquimia al mezclar e enriquecer esos elementos que vienen por default).

No quiero ser la  que huyó de una jaula para volver a ella, años después, pagando el precio de ser cimarrona, con sonrisa de euros y mirando al suelo. Porque ¿cómo van a creerme cuando diga que Cuba es una cárcel al aire libre si los cubanos podemos entrar y salir? Ah, cierto, el próximo año eso será teóricamente posible, con la reforma migratoria que entrara en vigor en 2013. Y me alegro, ojalá muchos cubanos salieran a conocer el mundo y a que se le abrieran bien GRANDES los ojos. Y regresaran para contarlo. Aunque fuese un susurro de oreja a oreja. Un rumor: «Otro mundo es posible, lo he visto».

Sin embargo, muchos como yo seguiremos sin ir, algunos no sólo porque no queremos sino porque no podemos (sin permiso de residencia en algún lugar del planeta no solo no se es libre, “no se es” legalmente hablando, una nulidad muy graciosa por otro lado, porque nunca he dejado de ser, y por ende, de estar, pagando impuestos desde el minuto uno que puse un pie en Barajas hace cinco años).

¿Si pudiera ir a Cuba, lo haría? No creo. No juzgo a ningún cubano que lo hace, allí está nuestro mundo, nuestra verdad y nuestra historia, no se puede culpar a nadie por amar a su madre. Pero quisiera no tener que regresar formando parte de un ritual que, aun siendo necesario, nos lacera, porque normaliza la monstruosidad de tener a familias enteras divididas y chantajeadas.

El régimen castrista tiene de rehén a un pueblo entero, y a sus familiares en el exilio pagando el chantaje y, ¿la libertad?, es apenas una palabra que los cubanos no conocerán del todo, así se hagan belgas, chilenos o suecos, si siguen agachando la cabeza ante el régimen castrista y haciendo uso de su pasaporte azul-tarjeta de presidio para viajar a la isla-jaula como si con ellos no fuera…

Porque una jaula no deja de serlo por tener las puertas abiertas. Ni una dictadura es menos dictadura con dinero. Ni entrando y saliendo.  Los espejismos quieren ser espejos, pero cuando vas a mirarte, se esfuman. Seguiremos siendo cubanos hasta el último día de nuestras vidas, eso no cambiará. Lo que tiene que cambiar es el contenido que le otorgamos a nuestra nacionalidad. Lo que tiene que cambiar es lo que significa ser cubano a día de hoy.

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