Estoy privada de esa levedad del roce masculino,

del sabor extremo de las carnes,

por las noches maúllo en el tejado.

El viernes no logró expulsar a mis ángeles enfermos,

soy el baúl sin fondo de una historia no infantil

que muchos olvidaron como se olvida lo (in)finito.

 

La abstinencia me traerá amigos

ansiosos por el café con leche de las mañanas.

Amigos ingenuos de quienes me esconderé como una sombra.

 

Hubo alguien que pretendió traspasar la luz,

ser sonido y matiz,

y apretó su cuerpo a la ingrávida muchacha

que no pretendía ser de nadie.

 

Los sueños me dejan desmadejada.

Me subo en las peceras con desgano,

observo a la gente convencida de mi ascendencia.

Sus rostros son casi la confirmación de los emblemas científicos.

 

Sudo y la calle se repleta de simios que también sudan,

tristes simios que leen el periódico.

Mi rostro se refleja en la ventanilla de una pecera ambulante,

soy igual a ellos,

no tengo la perfección de las musas

ni los ojos de las actrices de Hollywood.

 

Un hombre me ha mirado,

fuera de toda hecatombe genealógica,

fuera de todo ultraje.

Ese hombre me mira con ojos increíblemente verde-azules,

sé que me quita la ropa en su cabeza,

con deseo.

 

Pero sé que sólo con cerrar sus ojos irreales,

él será igual a todos los que sudan

en la tarde que vi en nosotros

a una rara especie.

 

 

Lien C. Lau, La Habana, 2005.

Anuncios