Pese a las protestas masivas, los nueve muertos, los más de 250 detenidos, el rechazo de la oposición (que constituye la mitad del país), y pese a la auditoría anunciada por el Centro Nacional Electoral (CNE), Nicolás Maduro juró este pasado 19 de abril como nuevo presidente de Venezuela. A la ceremonia asistió la gran mayoría de líderes de América Latina y algunos mandatarios y representantes políticos de otras partes del mundo. Por supuesto, el dictador Raúl Castro como máximo aliado del chavismo, ¿ahora madurismo?.

«Lo juro por el pueblo de Venezuela, lo juro por la memoria eterna del comandante supremo que cumpliré y haré cumplir esta Constitución», dijo Maduro, con la Carta Magna en la mano izquierda, y me recordó a Corea del Norte, a esa tendencia tremebunda de magnificar hasta lo celestial a una figura política. 

La política es la (no tan nueva) religión de algunos ateos cegados por la fe a un máximo líder. Se trate de Mao, Lenin o Fidel, el credo es el mismo: “lo que yo digo” o muerte, es decir, totalitarismo o muerte. Hugo Chávez no tuvo tiempo de convertirse en dictador, aunque su carrera iba bien orientada por Fidel Castro, su mentor, y las evidencias están en los grandes recortes en materia de derechos humanos, libertad de expresión y de prensa, cambio en la Constitución para perpetuarse en el poder (aunque la muerte se lo impidió), el incremento de la violencia y el fracaso económico en el que se halla sumido este país latinoamericano pese a tener una gran riqueza natural que se sintetiza en una palabra: petróleo.

Pero dejemos a un lado a los muertos, que ya no pueden hacer más daño por más que una multitud enardecida grite: «¡Chávez vive, la lucha sigue!»; concentrémonos en los vivos, quienes, a veces, suelen utilizar a los muertos para fines nada respetables.

Los resultados de las elecciones del 14 de abril difundidos por el CNE dieron la victoria, por el estrecho margen de 265.000 votos, al oficialista Nicolás Maduro. El candidato opositor Henrique Capriles no reconoció estos resultados y los diputados opositores no estuvieron presentes en el juramento de Maduro, pero nada de esto ha impedido que Venezuela tenga hoy de presidente a un señor que habla con los pájaros y que dice que Chávez intercedió con Cristo para la elección del primer Papa latinoamericano.

Estas y otras sandeces no son solamente las señales inequívocas de que Maduro no está capacitado para gobernar, hay algo mucho más terrible en la figura de este exconductor de autobús y exsindicalista: su vínculo directo con el régimen castrista, que dicho sea de paso, es anterior al de Chávez, desde su juventud cuando viajó a Cuba para fortalecer su formación como cuadro político izquierdista.

Maduro, designado sucesor de Chávez por este antes de morir, dando muestras de esa saga dinástica a la que ya los cubanos estamos “acostumbrados”, no cuenta, sin embargo, con el carisma del fallecido, ni con el apoyo de todos los chavistas. Lo que hace su “victoria” (más allá de las posibles irregularidades, más de 5.000 según denuncia la oposición) un fracaso a mediano o largo plazo, ya que la oposición se haya cada vez más fortalecida, o como me dijera una venezolana por Twitter: «Solíamos ser oposición. Ahora somos (más de) la mitad de un pueblo que apoya un proyecto de progreso», a lo que otra añade: «Y aun así nos tildan de minorías».

Siendo cubana me es imposible creer en un político cuyo aliado directo sea el régimen castrista. Nadie que se precie de ser demócrata puede tener de “amigo” a Fidel y Raúl Castro, dos dictadores que en 54 años han oprimido y privado al pueblo cubano de sus derechos fundamentales. Como no creía en Chávez, no creo en Maduro, y peor aún, se nota que este último no tiene escrúpulos por ocultar su inminente carrera dictatorial: «Si sigue la violencia lo que podemos es radicalizar esta revolución», subrayó en un encuentro con directivos de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), donde aseguró que cuenta «con el apoyo de un pueblo, de una Fuerza Armada Nacional Bolivariana», si reparar en que esa fuerza armada tiene como obligación defender a todo el pueblo venezolano, y no sólo a los que le han votado.

Las viejas tácticas castristas se suceden con sus clichés habituales: llamar “fascista” al líder opositor, culparlo de los ataques a los oficialistas y las muertes, de ahí que sensatamente Capriles cancelara una gran movilización ante el CNE para evitar disturbios violentos.

Pero la violencia lo mismo en la calle que en el Congreso es evidente en la infinidad de vídeos que pueden verse en YouTube. La diferencia entre Cuba y Venezuela, entre muchas, es que los venezolanos tienen a su favor las nuevas tecnologías y aunque el oficialismo controle la mayoría de los medios de comunicación, no pueden controlar que un ciudadano grabe con su teléfono móvil las agresiones militares y lo suba a internet, como tampoco pueden evitar que un vídeo como el del Ministro de la Vivienda, amenazando con despedir a quien esté en contra de Maduro y la revolución, sea una prueba más de los atropellos que vive hoy gran parte del pueblo venezolano.

La experiencia cubana sirve para depurar las imperfecciones que delatan a una dictadura, la pantomima electoral es la mejor máscara para camuflarse en una falsa democracia ya que es evidente que el CNE está controlado por el oficialismo chavista, de modo que tras anunciar una auditoría de los votos, recalcaran que esta «no es un reconteo de votos ni tiene por objetivo revisar los resultados», es decir, que no revertirá el resultado de las elecciones. ¿Para qué lo harán entonces?

Es un claro movimiento para acallar a la oposición y enfriar el malestar de la misma. ¿Qué será lo próximo? ¿Criminalizar a los que siguen al líder opositor, encarcelar a este, apartar a los diputados opositores de sus cargos, el exilio forzado de una gran parte de los profesionales y votantes a la oposición, regalar el país a unos populistas instrumentados desde La Habana para homogeneizar la sociedad venezolana y convertirla en una segunda Cuba?

Pues algo de eso se avisora en este vídeo de la ministra venezolana para Asuntos Penitenciarios, Iris Varela, quien acusó a Capriles de consumir drogas y dijo que tiene preparada la celda en la que purgará sus “crímenes”, dando muestras de vulgaridad e irrespeto que nunca deberían ser propios de un político. Así mismo, la Asamblea Nacional creó este miércoles 24 de abril una comisión de legisladores oficialistas para investigar la supuesta responsabilidad del líder opositor en incidentes violentos postelectorales. «El asesino Henrique Capriles… tendrá que pagar más temprano que tarde por esos crímenes», dijo el diputado Pedro Carreño, jefe de la bancada del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), integrante de la comisión.

Se hace evidente una condena sin juicio previo, técnica dictatorial donde las haya. Y aunque Capriles goce de inmunidad como gobernador del estado Miranda, haciendo que cualquier proceso en su contra deba comenzar primero retirando ese fuero, medida que tendría que autorizar el Tribunal Supremo de Justicia, este suele favorecer al Gobierno, por lo que el líder opositor ha de cuidarse más que nunca si no quiere terminar en la cárcel.

El líder opositor advirtió que esperarán hasta este jueves 25 de abril para que comience la anunciada auditoría. «La verdad del tamaño de nuestro país es que ustedes se robaron las elecciones, esa es la verdad. Ustedes se robaron este proceso electoral y ustedes tienen que explicarle eso al país y al mundo», dijo Capriles en una rueda de prensa ⎯que fue interrumpida para poner propaganda en su contra en una cadena de obligatoria transmisión por todas las radios y televisoras del país⎯.

Espero que Capriles y sus seguidores encuentren una vía para contener esta situación y revertirla. Lamentablemente la inmensa mayoría del mundo mirará pasivamente este conflicto, porque lamentablemente donde manda la economía, la democracia se hace de la vista gorda. El deterioro de los valores en las sociedades contemporáneas repercute en sus políticas exteriores, de ahí que un país como España, con tantos vínculos históricos con América Latina, se retraiga de hacer ninguna alusión que pueda perjudicar sus intereses comerciales, y acepte por presidente a un personaje tan lamentable como Maduro. De América Latina qué se puede esperar, después de hacer a Rául Castro presidente de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños no me cabe la menor duda de que la mayoría de las democracias latinoamericanas están corrompidas por intereses mezquinos e hipócritas, donde priman los derechos para algunos en detrimento de otros.

Nuestro destino como cubanos sólo podemos cambiarlo nosotros, de igual modo ocurrirá en Venezuela, y la diferencia es que ellos sí son una oposición fuerte en este momento. Todo está en que no pierdan la esperanza y la fuerza que los mueve, y se conviertan en lo que es hoy la sociedad cubana: desarticulada, sumida en la indiferencia política y la miseria económica e ideológica, empobrecida y desconocedora de sus derechos, por lo que no pueden luchar por ellos, porque no saben qué son, nos extirparon la consciencia ciudadana hace más de medio siglo. En cambio, los venezolanos no, ellos sí conocen la democracia.