Esta noche en casi toda Cuba se repetirá un ritual mecánico: “celebrar” la víspera del aniversario de la fundación, el 28 de septiembre en 1960, de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), organización destinada a vigilar a nivel de barrio las posibles conductas que no se ajusten a las de un revolucionario.

En palabras del propio Fidel Castro: “ver qué es lo que hacen las personas y a qué se dedican”. Es decir, el Gran Hermano comunista, pero las cámaras en este caso son los ojos de los vecinos, que estarán dispuestos a delatarte si no cumples con los preceptos de la revolución.

Pero como casi todo en mi isla, la mayoría de esas fiestas son una pantomima en la que cada vez menos gente cree aunque sigan participando de ella. Ojalá llegue pronto el día en que decidan simplemente no salir a la calle, no formar parte del coro, pero todavía la muerte de los CDR, y de la dictadura, se presenta lenta. Un triste reality de demasiadas ediciones, 54 y ¿pa’ lante?

De mis encontronazos con los CDR tendría mucho que contar, pero esta vez prefiero presentarles un cuento que escribí a propósito de estas fiestas, en 2007, antes de irme de la Isla. El cuento forma parte del libro 33 segundos sobre un tobogán, Premio Nacional Francisco (Paco) Mir 2007, que debió publicarse como parte del galardón, pero al dejar Cuba no se produjo dicha publicación.

Fiesta de los CDR en Cuba. (Foto: CUBANET)

Cuento

OTRO ANIVERSARIO CON LLUVIA

 

Morir por la patria es vivir. 

Perucho Figueredo. Himno Nacional de Cuba.

 

Llueve. Las calles parecen cubiertas de hormigas que deambulan en busca del hormiguero. Van de prisa y se cubren de fango. La luz tenue del atardecer se disuelve entre las gotas. En los portales hay cadenetas y banderas. Celebran otro aniversario que se repite con caldosa, ron, gente que canta: «Vamos pa’ la Luna, para que tengas fortuna…» Fiesta popular donde la gente, aquí, en los portales orinados de Monserrate, baila y bebe, mal vestidos, sin camisa, agitándose alrededor de una fogata.

Casi estoy a punto de vomitar o de llorar, o ambas cosas a la vez, cuando el olor de las viandas cocidas se mezcla con el hedor de la basura en los latones aledaños. Me deslizo por los portales intentando esquivar otros calderos humeantes y otras músicas parecidas. Me he mojado un poco, pero no me importa, estoy feliz. Parece que no va a escampar. Hoy mi deseo se cumplió. Bajo por la calle Acosta y, al llegar al arco, veo que la parte más adornada es la que continúa después de él: la ciudad de los muertos. Así la llamo desde que Pedro me contó sobre el hospital de beneficencia para pobres, ubicado allí antiguamente. Los moribundos venían en busca de salvación, pero casi todos morían. Pasar el arco era pasar a la otra vida, ahora la parte más adornada de la calle, nadie sospecha que la muerte está echada detrás del arco.

Llego a mi calle y no hay rastro de fiesta. En la calle anterior los vecinos hacen su caldosa bajo una caseta improvisada de zinc. Miro en dirección a la puerta del solar de mi calle, los imagino ahí dentro, escondidos de la lluvia, cocinando ese brebaje de viandas y agua, bailando y tomando ron con el dinero recaudado por cada vecino. Incluso el mío. Casi puedo sentir las voces, los bailes, los chillidos de ultratumba.

Entro a mi edificio. Todavía en casa la náusea persiste. La peste está clavada en mi nariz. Abro la ventana para oxigenarme y el aire de lluvia me devuelve una caricia mojada, la noche se apodera de todo en un intenso aguacero. Ahora parece que se cae el mundo, convertido en agua, sobre todas las fogatas, los calderos humeantes, sobre este pueblo heroico que vive junto a la muerte, que vive muerto tras el arco, aunque por error yo muera con ellos, sin merecer este patriótico acto. Yo, la que no celebra, la que orina sobre todas las cruces de ceniza que hacen los valientes, la que revierte todos los rezos de: «San Isidro el labrador, quita el agua y pon el sol». Yo, que he muerto y soy casi la única que lo sabe.

 

Lien Carrazana Lau, La Habana, 2007.