(Foto: Andrew Moore, Gran Teatro de La Habana/www.andrewlmoore.com)

 

Últimamente tengo un pensamiento recurrente y absurdo, como un secreto a voces que me recorre y sale por los ojos. Cuba. En esas cuatro letras se encierra (nunca mejor dicho) una gran parte de mis anhelos (im)posibles. 

Seis años sin ver a mi madre, sin abrazarla. En junio del año pasado me caducó esa libreta azul que se llama pasaporte, «pasapena» en el caso de los cubanos ⎯como dice Ernesto G.⎯,  un poco más al fondo del limbo, con un documento inválido, que sirve casi como recuerdo. ¿O debo decir souvenir?

Desde hace un poco más de un año, los cubanos pueden viajar y regresar a Cuba en el plazo de dos años sin ser declarados «desertores» y perder el derecho a estar en la jaulita tropical. Pero… yo actualmente no tengo derecho a volver, ni a residir de nuevo allí, ni a nada. ¿Por qué?

Porque aquello es una dictadura, algo que casi todo el mundo libre sabe, aunque algunos se hagan los ciegos, otros los suecos y otros los carroñeros.

He estado cansada, no lo negaré, pero no me gusta llorar en público. La última vez que lo hice, de modo literal, no literario, fue a finales de enero del año pasado, cuando supe que mi madre tuvo un accidente en la calle, en La Habana, y yo del otro lado del mundo, sin poder estar a su lado mientras se recuperaba de la caída.

El exilio es una herida que deja hematomas y cicatrices, para que tu cuerpo no olvide de donde se ha ido, de donde salió.

 

Lien C. Lau, Madrid, 2014.

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