Ilustración de Asaf Hanuka.
Ilustración de Asaf Hanuka.

El detalle de un escote apretado en 500 x 345 píxeles junto a la frase: «Hola que tal?» [sic]. Esa imagen encierra nuestro tiempo. Son los pechos de nuestra era de exhibicionismo digital. Las tetas internautas que saludan no sólo al presente, sino también al futuro, “inmortalizadas” para siempre en  un tuit, pero ¿será Twitter “inmortal”? 

Qué comes, qué sueñas, qué ropa te compraste, qué te escribió no sé quién en whatsapp, qué piensas sobre cada una de las cosas que ves desfilar frente a tus ojos; internet está lleno de contenido vacío, de conversaciones de ascensor, de fotos prescindibles y comentarios insulsos.

Asistimos al baile de la intrascendencia, donde no hace falta saber “bailar” para tener seguidores de tu “ritmo”. De hecho, tu ritmo puede ser la falta de ritmo, y una turba de patosos seguirá cada uno de tus desafortunados movimientos.

Dicen que internet es el terreno donde la democracia tiene su reino más preciado, pero también es el hogar de la anarquía. Dicen que internet es la libertad, pero también es el libertinaje. Internet es una ciudad que hemos poblado con nuestras filias y fobias, con nuestros actos de buena y mala fe, con nuestras verdades y mentiras.

Un poema de Gil de Biedma convive en el mismo timeline con una foto de Sasha Gray mostrando su trasero. Las futuras generaciones tendrán claro cómo eran los pies de los habitantes del siglo XXI mirando fotos en Instagram, aunque no sepan para qué “usar” esta información.

Cervantes escribe en Facebook que se siente “contento” (con emoticono incluido) tras terminar su novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y Shakespeare pone “like”. James Joyce le manda mensajes directos a Nora Barnacle por Twitter: «Mi dulce putita Nora, he hecho como me lo pediste, muchachita sucia, y me hice dos pajas mientras leía tus DMs». Anaïs Nin escribe tuits eróticos. Henry Miller es adicto a los gifs animados en Tumblr. Cortázar postea fotos de sus gatos en Instagram y lee poemas en YouTube.

Darle al scroll. Buscar entre enlaces, fotos, comentarios, vídeos, emoticonos… Buscar la aguja de lo auténtico en el pajar de lo común. A lo mejor hemos perdido la posibilidad de transcender por ser habitantes de esta época rabiosa de gloria fugaz.

Quizás a trascender se impone un verbo vital: disfrutar.

Encontrar el punto exacto donde lo que nos hace converger nos vuelve diferentes. Reconocernos. Disfrutarnos. Encontrar entre tanto grito y tanto silencio ⎯carentes de significado⎯, una grieta por donde entre el sol de la coherencia. Por donde se escuchen las voces pausadas, firmes, con el timbre justo, el tono exacto, la sonoridad deseada. Entonces, bailaremos al ritmo de esas palabras y, posiblemente, consigamos escapar del gran anonimato de nuestro tiempo. O no. Pero el buen rato habrá valido la pena. Y habrá gloria, aunque sea efímera.