Para que quede claro que no tengo nada en contra de perros y dueños respetuosos.
Para que quede claro que no tengo nada en contra de perros y dueños respetuosos. Yo en 2008, paseando por Huertas, me detuve ante este perrito simpático. (FOTO: L. PLACENCIA)

 

Advertencia: Este texto no está escrito para herir la sensibilidad de los verdaderos amantes de los animales (si lo eres no tengo que enumerar las cualidades que te hacen serlo), ni va dirigido a quienes son respetuosos con el medio ambiente, tienen un buen comportamiento cívico y respetan las normas elementales de educación. Este texto quiere centrarse en quienes, amparados por “un amor incondicional a sus mascotas”, descuidan normas básicas de buen comportamiento en sociedad.

La moda de tener perro

Empezaré por decir que nunca he sido de perros. En mi primera juventud habanera tuve gatos, heredados y regalados, nunca elegidos por mí. La primera fue Clotilde, una gata que ya estaba en el edificio cuando nos mudamos y que se quedó merodeando por casa, “tolerándonos”, y nosotros a ella. Hasta que un día desapareció. Algo similar ocurrió con mi gato Rayuela, lo tuve desde cachorro porque un amigo me lo regaló, y lo cuidé hasta que creció y en una de sus incursiones callejeras por las azoteas de la Habana Vieja no regresó más. Quiero pensar que eligió otro destino para vivir, porque los felinos son bastante más independientes que los perros. En Cuba tuve novios que tenían canes, incluso llegué a pasear alguno: una dóberman bastante agresiva que al salir a la calle con ella era de gran utilidad para evadir piropos groseros, algo que no es motivo suficiente para tener semejante animal, pero tampoco era mío así que…

El caso es que viviendo en España he notado una tendencia cada vez más extendida de tener animales de compañía, me centraré en los perros, pero conviví con una compañera de piso que tenía ¡un erizo! La verdad es que, salvo por las espinas, este animal ni se sentía.

El problema es que los perros sí se hacen muy presentes con sus ladridos, sus orinas y sus cacas pululando por la ciudad. Hace unos días hacíamos deporte en un gran parque cerca de casa y al terminar moríamos de sed, el clima seco de Madrid en verano es agobiante, pero en casi todos los parques puedes encontrar un grifo de agua potable, este parque no es la excepción. Lo que ocurrió, sin embargo, es que no pude ni acercarme al grifo porque estaba lleno de perros con sus dueños. Los perros bebiendo agua y LAMIENDO EL GRIFO.

Que los animales no son seres pensantes, ya lo sabemos, que no es culpa suya dejar mojones en el césped donde otros quieren recostarse a jugar con sus hijos o leer un libro, también lo sabemos; que los perros no saben que no deben lamer un grifo donde las personas quieren luego beber agua, obviamente que no lo saben, pero ¿y sus dueños? ¿Por qué estas personas poco cívicas se atribuyen el derecho de privarnos de los bienes colectivos para ponderar su estilo de vida? ¿Por qué debemos tolerar que un grifo de agua potable sea infectado con babas y bacterias de un animal? Si sus dueños se besan, duermen y se restriegan con sus mascotas, es su problema, allá ellos con las enfermedades que sin dudas adquirirán, pero es una falta de respeto que además molesten a quienes no compartimos su estilo de vida.

En este parque se reúnen una enorme cantidad de dueños de perros, algunos ni siquiera son del barrio (vienen con sus coches, hacen uso del parque a su antojo y luego se marchan). El comportamiento de estas personas es invasivo: sueltan a los animales para que corran a sus anchas, sin bozal, tratándose muchas veces de razas de perros bastante agresivas, sin pensar que pueden atacar a niños y adultos; sólo es necesaria una pequeña búsqueda en Google para encontrar noticias de ataques de perros, como la muerte de un niño este año en Jaén tras ser atacado por un perro en casa de su abuelo, ¿por qué nos exponen así? ¿Por qué las autoridades no son más estrictas y multan duramente a quienes dejan las mierdas de sus mascotas o las pasean sin correa y bozal? Porque la moda perruna se extiende a las instituciones.

Desde este mes de julio en Madrid “los canes pueden moverse bajo tierra, junto a sus portadores, siempre que lo hagan en el último vagón del tren, estén atados con una correa de una longitud no superior a los 50 centímetros, utilicen bozal, estén correctamente identificados a través de un microchip y respeten la limitación horaria establecida”, informa EFE.

Pero repito, el problema no son los perros, sino sus dueños, que no respetan las normas, y la sociedad es permisiva con estas infracciones, miran para otro lado con usuarios como “Concepción, quien viaja en la Línea 3 del suburbano madrileño con un Yorkshire Terrier sin bozal porque, según explica a EFE, pensaba que al ser tan pequeña no era necesario”.

Los amantes de los perros alegan que en ciudades como como Bruselas, París o Londres está normalizada esta práctica. Una jurista que está realizando unas prácticas en Inglaterra explica a EFE que en Reino Unido “puedes ir con tu perro a todas partes: taxis, pubs, tiendas , supermercados, es lo más normal”. ¿Y qué? ¿Acaso porque lo haga un inglés está bien hecho?

La de veces que me he marchado de un bar o restaurante sólo porque al entrar hay perros sentados bajo las mesas, e incluso subidos a las sillas, poniendo sus patas sobre la superficie donde luego nos servirán los platos de comida. Esto es sencillamente inaceptable. ¿Por qué debemos tolerar, PAGANDO, compartir nuestro espacio con animales si no hemos elegido tener uno?

A las iniciativas institucionales “bondadosas” con los perros y sus dueños se suman la implementación de playas para ir con los canes, otra práctica que incumplen muchos dueños; he estado en playas españolas donde los animales se pasean por la arena y se bañan junto con las personas, sin ser ninguna de las que oficialmente autorizan el baño con animales.

Quizás ni las multas resuelvan este problema y se deberían tomar medidas más drásticas, castigos que podrían ir desde el trabajo comunitario hasta la evaluación de si se está realmente apto para tener una mascota, así como las condiciones para tenerlas, otro punto importante.

Actualmente vivo en un edificio de nueva construcción en un barrio bastante céntrico, y una de las condiciones que nos pusieron los dueños para alquilarnos fue: no tener mascotas. El porqué es fácil de apreciar en la tarima flotante del apartamento, la madera está rayada por el perro de los antiguos inquilinos. También tuvimos que limpiar a profundidad ya que al entregarnos el piso aun los pelos del perro estaban por todos los rincones, ¡incluida la lavadora!

Dicho esto, solo agregaré que cada noche cuando salgo a la terraza a tender o a poner alguna cosa, escucho los ladridos de los perros de los vecinos, que hacen eco en el gran patio vecinal. Sencillamente molesto. Pero nadie se queja porque esto está muy mal visto, cuando lo mal visto tendría que ser molestar a los demás.

El fracaso social disfrazado de amor a los animales

Este es un tema sensible, y quizás dé para otro texto, pero no quiero dejar de acotar que muchas veces tras la necesidad de llevar un animal atado a una correa lo que hay es el deseo egoísta de ejercer control sobre algo, la frustración ante la soledad y el fracaso de no poder comunicarse con los semejantes.

No encuentro eslogan más triste que “el perro es el mejor amigo del hombre”. ¡Algo que no habla, que depende de ti hasta para hacer sus necesidades básicas y que si no le das comida se muere de hambre! ¿Cómo algo así va a ser tu mejor amigo?

Lo lamentable es que muchas veces quienes tienen animales de compañía no los protegen como es debido, y ocurren casos penosos de perros que se lanzan al vacío por pasar hambre, sed o estar expuestos al sol.

Si bien es cierto que todos tenemos la libertad de invertir nuestro dinero y nuestro tiempo en lo que queramos, es penoso ver como hay personas que prefieren cuidar (hasta la locura de llevarles a hoteles, peluquerías, comprar ropas y accesorios carísimos) a sus canes, y se interesan tan poco por sus semejantes, dan de comer a perros y gatos mientras miran con indiferencia al mendigo del parque que es ¡una persona! Tampoco se interesan por niños que malviven en campos de emigrantes o en centros de acogida. Ni por ancianos sin familia. ¡Pero no toques a su perro que su dueño te muerde!

La falta de humanidad escudada en el amor a los animales no hace a este mundo un lugar mejor. Y lo he visto de cerca, he perdido amistades porque se han empezado a adentrar en este mundo donde si no tienes un perro atado a una correa pues no compartes sus aficiones, o si no van con sus animales de compañía no salen.

Pues bien, pronto también podrán llevar al cine a sus perros aunque ya muchas personas como yo no quieran asistir a una función en esas salas. Aunque el perro no entienda de qué va la película. Aunque los ladridos no les dejen escuchar los diálogos… No quiero pensar en las cacas y orinas, no quiero imaginar dónde los sentarán… No quiero imaginar esta función, pero tendrá lugar muy pronto.

Coincidiendo con el estreno de la película Mascotas, este viernes 5 de agosto, la mayor cadena de exhibición española, Cinesa, junto con la Fundación Affinity, ofrecerán al público una sesión de cine petfriendly en la que podrán acudir con sus perros. ¡Lo que nos faltaba! Todo para (hacer caja y) atraer a este cada vez más amplio público de la moda perruna, porque esto también es cuestión de estatus, ya no se trata de “tener un buen trabajo, una pareja o una familia”, tenemos que tener también “algo que llevar a atado a una correa”.

Y así les va a estas sociedades, más preocupadas por los perros que por las personas que pasan necesidades justo a su lado. Yo sencillamente doy un paso atrás, no entro en locales donde acepten perros, no quiero amigos que valoren más a un perro que a un niño. Y me gustan los animales, sí, que quede claro, pero me gustan tanto que los prefiero en su hábitat. Ah, pero claro, ¿cuál es el hábitat del perro, esa raza que el hombre ha creado casi hasta el delirio mezclando tipos y tipos de canes? He ahí el primer fallo, es un animal creado para satisfacer el capricho humano.

No haré mucho más larga esta reflexión, no tengo la esperanza de concienciar a estas personas porque, como me dijo un conocido en tono irónico: “No son perros, son individuos y tienen más derechos que tú y que cualquier otra persona por el grado de adorabilidad que poseen y el escaso sentido común de sus dueños, los autodenominados ciudadanos del mundo que no tardarán en destruir”.

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