La escritora cubana Evelyn Pérez González, La Habana, 2007.
Evelyn Pérez González, La Habana, 2007.

Me llegan ecos tristes desde La Habana. Una buena escritora y amiga ha muerto. Enseguida su sonrisa viene a mi memoria. Las últimas veces que nos vimos, hace ya casi diez años. La certeza de que nunca se sabe cuando es la última vez.

Yo pensaba que estas cosas aún no me tocaban. Ver desaparecer físicamente a mis amigos.

No nos acostumbramos a la muerte porque somos adictos a la vida. 

Pongo a Nina Simone y pienso en Evelyn, la flaca querida, Vera para el ciberespacio, amiga, qué triste saber que ya no estás en este mundo. Yo que siempre creí que cuando volviera a La Habana algún día, ahí estarías como un morro humano, con tu alma luminosa.

Leo un cuento suyo. Qué bien escribía la flaca. Qué gracia tenía para contar con palabras la realidad más amarga, y darle un toque de humor e ironía.

Qué virtud tenía para hacerse querer y estar rodeada de amigos.

Todos los que te queremos, los que hemos compartido contigo borracheras, cafés, cigarros y nostalgias, todos los que lloramos y reímos contigo en aquella Habana cruda de nuestra guerrillera juventud, te llevaremos en nuestros recuerdos, ahí estás, sonriendo y bromeando, libre, feliz, única.

Hasta siempre, flaca.

 

Pd. Como la mejor forma de recordarla es leyéndola, rescato un cuento suyo titulado Un nombre, el cual publiqué en febrero de 2007 en lo que entonces era mi proyecto digital sin internet La Caja de la china en PDF. Que este relato sirva para recordar un nombre, el de Evelyn.

 

Evelyn Pérez González (La Habana, 1972-2017) era escritora, guionista de televisión del programa infantil Sopa de palabras y bibliotecaria. Egresada del IX Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Publicó Historias de mi barrio (Gente Nueva, 2005), Premio Pinos Nuevos en la categoría de Literatura infantil en 2004; Supuestas vidas (Unión, 2008), con el cual obtuvo en 2007 el Premio UNEAC, y Esas dulces violencias de cada día (Abril, 2008), Premio Calendario 2008. También obtuvo el Premio Farraluque de Literatura erótica 2005 y el Premio La Gaveta 2007. 

Evelyn falleció esta semana tras un tiempo hospitalizada luchando contra un cáncer de mama que dañó otras partes de su cuerpo. Deja tres hijos, María Karla, de 20 años, y dos niños pequeños de seis y un año, estos nacidos de la unión con el escritor Erick Mota. A su familia, mis más sinceras condolencias. Actualmente, sus amigos recaudan fondos para ayudar a sus familiares en Cuba.

UN NOMBRE

                                                                                             “La meta es el olvido.

                                                                                            Yo he llegado antes.”

Jorge Luis Borges

Podría decirse que había una vez un viejo, pero no es suficiente. Podría decirse que había una vez un viejo borracho; alcohólico, digamos. Pero creo que tampoco.

Podría decirse que había una vez un viejo borracho que vivía en La Habana. La Habana es una ciudad como tantas. Aunque no tanto.

Yo trabajo en una cafetería privada de La Habana y hay un viejo borracho que viene y toma refrescos. No los paga él. Se los paga un tipo miserable. Exalcohólico el mismo. A él deberían pagarle los refrescos porque usa camisuchas raídas y a veces no come porque no tiene con qué. Él paga los refrescos del viejo borracho que toma refrescos en la cafetería donde trabajo. Le regala cigarros. A veces también le da un peso.

Por la calle de la cafetería donde trabajo pasa el camello. El camello es como una guagua pero más grande. A decir verdad el camello es enorme. Es tan grande como dos guaguas juntas. Y tiene muchas ruedas. Es un invento cubano para transportar más gente con la misma cantidad de combustible. En el cristal de atrás tiene pegado un cartel que dice: “La prioridad es mía porque transporto a la mayoría”. Los camellos son unos bichos donde la gente se monta cuando no les queda más remedio que montarse.

Así puede comenzar la historia.

El viejo es un tipo triste. Tan triste como no he visto otro en la vida. Tiene cara de perrito apaleado y malquerido. Pero no es trágico. Ni siquiera es trágico. Es silencioso y tampoco he visto un tipo más silencioso en la vida. No sé cómo se llama. Sólo llega arrastrando los pies y lo mira todo. Sin entender nada. No es de este mundo. Llega y no pregunta. No pide. No conversa. Llega y lo mira todo y se sienta en el murito del jardín y entonces Juan Carlos le dice que si quiere un refresco. El viejo borracho mira a través de él. Para él, Juan Carlos no existe. Ni aunque le compre refrescos. Tampoco nosotros existimos. Entonces Juan Carlos dice:

—Dale un refresco de melón. Yo lo pago.

Y me da una moneda.

Yo sirvo el refresco y se lo doy. Entonces se lo toma pero no le importa. Si le doy veneno en vez de refresco de melón se lo toma igual. Juan Carlos le dice tómate un refresco y él se lo toma. Le dice fúmate un cigarro y él se lo fuma.

Hoy le dije a Juan Carlos que este viejo es el más triste que he visto en la vida y él me dijo que era porque siempre estaba borracho. Mañana, tarde y noche. Todos los días.

Pero estoy segura: no es el alcohol. Yo he visto muchos borrachos en mi vida. Aquí la gente se emborracha a menudo. Para olvidar, dicen. Aunque sé que no es por eso. Se emborrachan porque sí. Les gusta. Es parte de su naturaleza. Siempre ha sido igual.

Yo he visto muchos borrachos. Y los borrachos se tambalean. Los borrachos hablan enredado. Se caen en la calle. Orinan en los postes si es de noche. Y si no es de noche también. Buscan problemas. Los borrachos no toman refresco de melón.

Cuando lo veo venir me pregunto qué le pasa a este viejo que se sienta en el murito de la cafetería donde trabajo. Cómo se llama. Qué piensa. A dónde va cuando se levanta del murito y se aleja. Me pregunto quién le espera. Juan Carlos tampoco sabe. A nadie le importa. A mí tampoco me importa. Cuando pregunto lo hago por curiosidad.

Hoy lo vi venir. Con su camisa anaranjada. La de cada día cuando viene a sentarse en el murito y a que le paguen un refresco y a mirar a todo el mundo sin decir nada. Lo vi venir y sabía lo que iba a pasar. Iba a pasar lo que pasa siempre cuando está Juan Carlos. Porque cuando Juan Carlos no está nadie le paga refrescos de melón. Ni le da cigarros. Ni le regala un peso. Cuando Juan Carlos no está, el viejo se sienta en el murito un rato y luego se va por donde mismo vino.

Pero hoy Juan Carlos estaba. Y yo también estaba. Recostada en el mostrador esperando a que Juan Carlos me dijera:

—Dale un refresco de melón. Yo lo pago.

A veces hay refrescos de otros sabores. Hoy había de piña, de cóctel de frutas y de melón. Y todos valen lo mismo. Pero Juan Carlos nunca le pregunta qué sabor  prefiere. Sólo me dice:

—Dale un refresco de melón. Yo lo pago.

Yo estaba recostada en el mostrador y lo vi venir. Preguntándome como se llamaría este viejo triste que toma refrescos de melón. También vi venir el camello.

Yo vi al viejo que venia cruzando la calle para sentarse en el murito y para que Juan Carlos le pagara un refresco de melón. También vi al camello que venía rodando. Juro que le daba tiempo de sobra. El camello nunca viene rápido. Además de todos los demás inconvenientes tiene el de la lentitud. El camello venía despacio y al viejo le daba tiempo de cruzar.

No se tiró delante de las ruedas. No tropezó y se cayó. Sencillamente se quedó parado en el medio de la calle. Con su cara triste de todos los días.  Imagino que el chofer pensó que era un bromista. No frenó hasta que estaba a menos de cinco metros. El impulso era demasiado y el viejo fue a parar debajo de las ruedas. Le pasaron las ruedas dobles de alante y las dos segundas. La gente de adentro del camello sintió el frenazo y luego el tropezón. Gritaron y le gritaron horrores al chofer. Yo también grité. Y Juan Carlos. Y Ana, la mamá de Juan Carlos. Todos gritamos. Pero yo no entendí cuál fue el nombre que gritaron Ana y Juan Carlos.

Evelyn Pérez González, La Habana, 2007.

 

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