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Un borracho-homicida frustrado, una suicida que pone canciones por teléfono, un escritor condenado por su obra, poemas leídos por un muerto, un padre que pierde lo que más quiere, amores que matan y muertos en vida, enfermedades como sentencias, víctimas que toman un trago junto a su asesino; La Habana que fallece un poco en cada historia, ciudad-escenario de algunos de los 17 relatos de mi próximo libro, Amor se escribe con M de muerte, donde la muerte es el personaje principal… ¿O lo es el amor?

La muerte como ausencia, soledad, decadencia, distancia, imposibilidad y derrota; la muerte de un amor, de un recuerdo o de un lugar. Y también la muerte en sí: de anónimos y famosos. La muerte de mundos que se acaban cuando damos la espalda, cuando huimos o abandonamos.

Pero no es un libro oscuro: hay historias de amor —salpicadas de sexo—, parejas dispares que buscan como encajar en un mundo opresivo, ya sea la gran ciudad o un pueblo sin nombre, en muchos casos La Habana, pero en otros podría ser cualquier ciudad del mundo, Málaga o París, la muerte no conoce de fronteras ni nacionalidades.

El libro lo completan varios aforismos que separan un cuento de otro y van marcando el ritmo, son como las manecillas del reloj que indica el tiempo de lectura: el destino final es la muerte del libro, es decir, pasar página hasta llegar a cerrarlo. Terminarlo.

Este libro trata del final de todos los caminos, porque “la vida es una autopista hacia la muerte, con escala en el mundo”, como reza en Obituario, uno de los relatos de este volumen, que saldrá publicado en Ediciones Hurón Azul, en su colección Mujeres de nieve.

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