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“Hay gente que se muere de ganas de vivir”.

Carlos Varela

Hoy voy a hablar de mí, sobre todo de mí. Voy a ser egoísta por un momento, en este espacio, el único donde puedo serlo: el espacio en blanco que lleno de palabras. No me importarán los millones de personas que están peor que yo. Las comparaciones son odiosas*, no me comparo con nadie. Se trata hoy de mí, que me pasé todo el sábado limpiando la casa mientras mi marido cuidaba a nuestro hijo, que no quiso dormir su siesta a la hora de siempre, ni tampoco se durmió temprano en la noche, dejándome con cero tiempo para mí en todo el día. 

Cuando a la 12 de la noche cerró sus ojos, yo ya tenía tanto sueño y cansancio que también quería cerrar los míos. Pero resistí una hora más para tener “vida en pareja” y las consecuencias son que nos despertamos tarde este domingo (10 y media, que en verdad eran 9 y media porque cambiaron la hora). 

Este domingo de nuevo nuestro hijo no quizo dormir la siesta a su hora. El bucle de intentar dormirlo mientras él camina por la cama, enciende y apaga luces, se emociona, chilla, me tira del pelo, se sube sobre mí y me pide teta, vuelve a su cama…. Así una hora, y yo recordando la última vez que fuimos al mar. Hacía un día precioso. Fue en los primeros días de enero, en Valencia, cuando fuimos a la playa y Mael, por fin, le perdió la fobia a pisar la arena y disfrutó correteando y metiendo sus pies en el agua sin importarle lo fría que estaba. Yo miré mi límite, ese mar que separa mi mundo del mundo que dejé atrás, y le di las gracias a Yemayá por un año más, por tener una vida feliz. Pensar en eso ahora me da nostalgia. Del mar y de nuestros viajes en familia. De la vida que llevábamos antes de que esta pandemia enrareciera la vida de todos.

Dije que hablaría de mí, pero ya yo no soy yo sin mencionar a mi hijo, desde 2017 siempre seré madre, y será lo mejor que me ha pasado en la vida.

Hoy Mael se durmió a las 10 y media, por eso puedo sentarme a escribir estas palabras, y aunque ya la literatura quede en un segundo plano, aunque mañana vuelva a la rutina laboral (la prensa no para), aunque ya no tenga sexo con la misma frecuencia con la que me cepillo los dientes, aunque no pueda dibujar, ni sacarme las cejas, ni pintarme las uñas, ni quedarme dormida en el sofá a cualquier hora, ni ver una película, ni leer —arrastro una novela desde hace más de un mes—, aunque no tenga tiempo para ver amigos y no tenga apenas amigos que ver, aunque mi vida suene menos interesante, o incluso lo sea, nada, nada, absolutamente nada de eso importa cuando mi hijo se despierta y me sonríe, le brillan los ojos al mirarme, pega su mejilla a la mía, y me dice MAMÁ.

Son difíciles estos días de encierro, pero lo serían más si mi mundo no estuviera lleno de amor como está.

 


*De la novela que me estoy leyendo:

—Me siento muy bien esta mañana, Japhy —le dije mientras cerrábamos el coche y nos echábamos a andar por el camino del lago con nuestros bultos, ocupando todo el ancho de lado a lado como soldados de infantería un tanto dispersos—. ¿No es esto infinitamente mejor que The Place? Estarán emborrachándose allí en una deliciosa mañana de sábado como esta, y nosotros aquí junto al purísimo lago caminando a través del aire fresco y limpio. ¡De verdad que esto es un haiku!

—Las comparaciones son odiosas, Smith —dijo Japhy poniéndose a mi altura y citando a a Cervantes y haciendo una observación de budista zen—. No encuentro que sea diferente estar en The Place a subir al Matterhorn, se trata del mismo vacío, joven.

Pensé en esto y comprendí que tenía razón, que las comparaciones son odiosas, que todo es lo mismo, aunque estaba seguro de sentirme bien y, de repente, me di cuenta de que esto (a pesar de las hinchadas venas de mi pie) me sentaría muy bien y me apartaría de la bebida y quizás me hiciera apreciar un modo de vida totalmente nuevo.

—Japhy, me alegra haberte conocido. Voy a aprender a llenar las mochilas y a vivir escondido en estas montañas cuando me canse de la civilización. De hecho, doy gracias por haberte conocido.

—Bueno, Smith, también yo doy gracias por haberte conocido y por aprender a escribir espontáneamente y todo eso.

—Eso no es nada.

—Para mí es mucho, Vamos, muchachos, un poco más deprisa, no tenemos tiempo que perder.

Se trata de Los Vagabundos del Dharma, de Jack Kerouac. Compré el libro un día de sol invernal en que fui hasta el centro de Madrid a comprar café africano en la tienda La Mexicana de la calle Preciados, y antes de volver a casa me detuve en el Corte Inglés, en la sección de libros, compré la novela, subí a la terraza y la empecé a leer tomándome un café y mirando de las magníficas vistas que se ven desde allí. Esa mañana disfruté de un tiempo conmigo misma, un pequeño momento de egoísmo dulce, un trozo de soledad, tan necesario para mirarnos y reconocernos en el espejo.

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