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La china fuera de la Caja

Arte, Literatura, Cuba y todo lo demás…

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Sociedad…

Pánfilo: ¿Informe minoritario?

Hace días me viene a la cabeza Minority Reportla película de Steven Spielberg basada en un relato escrito por Philip K. Dick en 1956. El eje central de esta historia se basa en la existencia de los precogs, seres capaces de predecir crímenes antes que se produzcan y que trabajan en conjunto con la policía para dar captura a los futuros delincuentes, encarcelarlos y evitar los crímenes.

La historia se complica cuando el protagonista, un policía de la Unidad de Precrimen, descubre que se convertirá, según las predicciones, en un futuro asesino. Huye en el intento por evitarlo y probar su inocencia.

La película y el relato poseen finales diferentes. Pero ambas plantean una paradoja, esos futuros criminales encarcelados, en verdad son inocentes. ¿Se puede incidir preventivamente en el futuro?

Esta es una historia de ciencia ficción, sin embargo me resulta tan similar a esa ley pre-delictiva o de “peligrosidad” por la que todavía llevan a la cárcel en mi país a las personas desvinculadas laboralmente, o mejor dicho, quienes no trabajan para el Estado.  Seguir leyendo “Pánfilo: ¿Informe minoritario?”

La maldita circunstancia de nacer un 13 de agosto

En China el número 4 es de mala suerte. En algunos edificios evitan que los apartamentos posean los números 4, 14, 24… Me han contado que en Estados Unidos ocurre similar con el 13 en algunas habitaciones de hotel. "Martes 13: ni te cases ni te embarques ni de tu casa te apartes", dice el refrán popular en una de sus variantes, y los cubanos podríamos agregar la fecha de hoy a esa saga de supersticiones malditas, porque un día como hoy, aunque no lo queramos, terminamos recordando que la Isla se viste de falso jolgorio, de falacia festiva para rendir culto a un dictador que quiere cumplir 120 años, y que posiblemente los cumpla en su tranquilo retiro de (re)flexionador en jefe; mientras hay mujeres cubanas que hoy intentarán no parir, hay quienes en este día llorarán a sus muertos, quizás muertos tan jóvenes como mi ex novio Jorge, quién merecía vivir 120 años porque tocaba la guitarra flamenca como nadie, pero la muerte se lo llevó por el año 2001 con menos de treinta años, días antes de emprender viaje a España.

En lo que a vivir o a morir se refiere la justicia es un concepto inaplicable. Sabemos qué día hemos nacido, pero no cuándo nos iremos de este mundo; quizá por eso nos aferremos al día de nuestro nacimiento con tanta fuerza.

Hoy es el cumpleaños de un amigo al que no veo hace mucho tiempo. Ni siquiera me despedí de él cuando me fui. No quería despedirme de nadie, y a la vez cada tácita visita o encuentro con amigos era un adiós sin que ellos lo supieran. Hay personas de las que prefieres no despedirte para no tener que delimitar esa distancia, hacerla real, o simplemente hay amigos que se van de nuestra vida porque ya nos hemos dado todo lo que nos correspondía; a esos amigos no se les extraña jamás, se les recuerda como rememoramos quienes fuimos a los veinte años.

Aunque nunca vuelva a ver a Ermis, y su mundo y el mío se hayan distanciado, desde antes en La Habana, como dos carreteras que toman rumbos equidistantes, nunca podré olvidarle y mucho menos olvidar su cumpleaños. (La fecha digamos que no me deja mucha opción.) Siete u ocho años atrás, un 13 de agosto como hoy, estaríamos en la que era su casa entonces, en el barrio de Lawtón, una cueva sin ventanas ni luz, sin muebles apenas ni adornos; la cueva del Ermi(taño) que dejaba de ser ese día para recibir a los mismos visitantes que se reunían alrededor de unas botellas de ron y música.
Era curioso pero año tras año, éramos casi siempre las mismas personas, a algunos sólo los veía en esa fecha. Gente rara y dispar, de la ciudad y los alrededores, músicos, estudiantes universitarios, muchachas que no sabían qué hacer con su vida, amigos entrañables y algún desconocido de último momento. Formábamos un grupo reducido que empezaba a beber desde temprano hasta el día siguiente, cantar canciones, jugar a las cartas o al futbolito, bailar, enamorar o dormir en un rincón; el cumpleaños de Ermis era nuestro refugio para olvidar la calle llena de carteles, las consignas en la televisión, ese otro cumpleaños que debía celebrar Cuba entera.

Nunca le pregunté a mi amigo que era para él haber nacido el mismo día que Fidel Castro. Nunca supe si su madre acogió la fecha con entusiasmo o si no tuvo más remedio que aceptar el hecho inminente, a lo mejor ni pensó en eso o no le importara. Pero nunca pregunté ninguna de esas cosas porque no tienen la menor importancia ante lo de verdad relevante que era: él, mi amigo, el homenajeado, porque incluso para los reacios, como yo, a las celebraciones fechadas, el día del nacimiento marca una pauta, un antes y un después, es nuestro día.
El 13 de agosto para mí es el día de Ermis, y a él le deseo toda la felicidad, la prosperidad, la tranquilidad y la armonía que se merece. Ojala que este cumpleaños lo siga celebrando de manera especial, porque a pesar de cargar el estigma de haber nacido un 13 de agosto, mi amigo tiene derecho a que su día sea suyo, y a disfrutar de él.

¡Felicidades Ermis!

La sed de cada día


Una de las fuentes de mi barrio Prosperidad en Madrid, España.

Anoche se acabó el agua en casa. Minutos antes escuchamos su sonido caer desde la azotea del edificio. Se trataba de una tubería rota que desató la catástrofe; un edificio entero sin poder lavarse los dientes, alguno seguro se quedó sin duchar, –o en mitad de baño–.

Casualmente, un colega del trabajo me comentó que le habían quitado el agua en su edificio madrileño la mañana del viernes, para que no olvidará su reciente viaje a Cuba. Bromas aparte, si caótico era en la Isla la ausencia del preciado líquido, lo es también en un sitio como éste donde no estamos equipados en casa para estas carencias. Anoche no teníamos ni para beber -bendita aguita de la sierra, cuando vivía en Málaga tenía que pagar por la embotellada, pero aquí me llega directo al grifo, fría y excelente agua de manantial-. Ante este problema mi madre me diría, con su característica inocencia isleña, que me busque un bidón donde almacenar agua por si acaso. Pero en realidad ese “por si acaso” en España no es necesario. Compramos unas botellas en el supermercado que está abierto 24 horas –agua de otra sierra, la de Granada–, y sobrevivimos a la sequía que ha sido solucionada exitosamente esta mañana de sábado.

Un amigo catalán siempre está con eso del ahorro, entiendo su preocupación ecológica, pero siempre que puedo pegarme una buena ducha lo hago, por toda el agua en deuda a lo largo de 27 años bañándome con un cubito y un jarro, cargando tanquetas con agua por las escaleras desvencijadas del solar de la Habana Vieja, persiguiendo a las pipas, sobornando a los piperos para llenar la cisterna reseca mientras en frente del edificio una fuente en un parque cercado vertía agua indiscriminadamente.

La ironía de una realidad absurda donde el anhelo de prosperidad era la sed de cada día.


Otra de las fuentes “prohibidas” de mi barrio en La Habana, Cuba. (WIKIPEDIA)

De esa experiencia en La Habana, un fragmento de mi novela* en proceso:

–¿Quiere agua?

–No, gracias –dijo la delegada, por suerte pues cuando abrí el refrigerador sólo había una ínfima cantidad en mi pequeña botella y una jarra de zumo de mango que hice en la tarde. El resto del agua de tomar estaba caliente, la hervimos para quitarle los parásitos.

La delegada se fue. Tenía el rostro cansado y la voz apagada, ni tenía ánimos para exaltarse como siempre lo hacía en contraposición con su figura enjuta y desgarbada. La delegada es una flaca de unos 45 o 55 años, aunque quizás tenga menos, o más, no lo sé, es una mujer con cara de bruja de cuentos de hadas. No me cae bien, está de parte de ellos, es como ellos, grita como ellos, piensa como ellos. Me daba gracia que mi novio recurriera a la ironía de ofrecerle agua a modo de cortesía en una casa donde no entraba “ese apreciado líquido” desde hacía varios días –escasamente dos cubos cada madrugada, que alcanzaban apenas para bañarnos y cocinar una comida al día–, motivo primario por el cual la habíamos mandado a llamar, aunque el motivo de peso era como siempre: ellos.

Ellos pusieron un grifo ilegal en la escalera. Esto es algo completamente absurdo, aburrido, intrascendente, para mí misma resulta humillante escribir sobre esto, pero es mi realidad. Ellos conectaron a la tubería de la cisterna un grifo que intercepta la entrada de agua de todo el edificio. Ahí pusieron un motor –un ladrón como le llaman por aquí, nunca mejor dicho– y suben el agua directamente a sus tanques. Resultado: nosotros no alcanzamos agua.

¿Quiénes son ellos se pregunta usted?

Mis vecinos, exclusivamente TODOS mis vecinos. En este solar de sólo cinco habitaciones nosotros somos el elemento discordante. Nos odian. No es paranoia, no es recelo, es la verdad; nos odian por todo lo que somos y lo que no somos, por no tener el menor contacto con ellos, por no ser como ellos, por no ofrecerles el café recién colado, la cháchara trivial, el azúcar, la butaca frente a la televisión, contar chismes, oírles los problemas, porque no somos “la gran familia” que la delegada –en su afán comunista– dice que es cada edificio, ciudadela o solar de esta Habana nuestra, la Capital de todos los cubanos, como intentan, sin éxito, hacernos creer.

Cuando la delegada se fue sin darnos una respuesta sobre el asunto del ladrón de agua empezó a llover con fuerza sobre la ciudad. La ventana de nuestro dormitorio se abría constantemente, la lluvía se filtraba por las rendijas de otra ventana que da a la terraza. Tuvimos que clausurarlas momentáneamente clavándole unos palos en cruz. El televisor se mojó. El agua empezó a chorrear del techo, corría por la pared y humedeció el cartón de la fotografía del muro, parte de la serie que mi novio expuso el año pasado, metro y medio de una pared de toscos bloques grises, uno sobre otro, una foto que siempre me recordaba aquella película “Dark City” donde el protagonista intenta descubrir lo que existe detrás del muro y al destruirlo se encuentra con el espacio exterior, la nada, la galaxia, el infinito, el final del camino. Esa fotografía siempre me ha convidado a desear saber qué existe detrás, un pequeño borde en el extremo superior deja ver el cielo del otro lado, un pedazo de azul invitándote a cruzar, pero también me sobrecoge la aspereza de la tapia, el bloque crudo, los trozos de cemento, la pared descarnada de adornos; esa imagen me recuerda la sensación que tengo cuando me asomo a la ventana y miro este paisaje de edificios desmoronados, antenas, casas coloniales transmutadas en barracones, palacios donde una vez vivió algún conde, alguna marquesa, edificios de los años 40, almacenes de los 50, versiones de un puzzle de concreto, ratoneras con rejas, azoteas derruidas, mi Habana pobre, mi Habana Vieja donde ahora tengo que cerrar la ventana porque la lluvia viene contra mí.

Es una ironía este aguacero. Hace sólo un instante el sol cubría las calles cayendo vertical como el filo de un cuchillo, brillando desde el dolor de 38º grados a la sombra, y de pronto todo gris, nubarrones, rayos, truenos, lluvia de verano que nos ha hecho correr el ordenador, los muebles, los cuadros, todo lo que estuviera próximo a la pared que gotea, el agua no cesa de entrar hasta la mitad de la sala mientras en las tuberías su ausencia crea un eco.

Mi novio conversa con su hermano que nos visita esta semana –cada vez que tenemos visitas invariablemente nos quedamos sin agua–, yo me escapo al dormitorio, busco un libro y me acuesto a leer poesía mientras escucho la lluvia chocar contra la ventana. Veo las gotas sobre el vidrio, la gris Habana detrás, el leve naranja que asoma en el cielo cuando va escampando. La certeza inevitable de amar una parte de lo que me duele, o de buscar belleza en todos los rincones que mis ojos recorren, de preferir la poesía y el sueño, a la violencia y el tedio.


05. untitled, wallpaper, de la serie On Self, Lindomar Placencia, fotografía.



*© Lien Carrazana Lau. Todos los derechos reservados.

Joyeros en España, herreros en La Habana

Digamos que tengo una amiga que de pequeña pasaba mucho tiempo en las clínicas dentales cubanas. Ya fuera para atenderse o para dibujar en una esquina mientras su madre dentista hacía guardia. Mi amiga conoce a la perfección el olor de las consultas, el sonido de la maquinita, no puede dejar de lavarse los dientes antes de dormir porque imagina a su madre recriminándola.

En casa del herrero cuchillo de palo, me dice cuando habla de la pésima calidad de su dentadura, numerosos empastes minan su boca. Por suerte siempre ha tenido la ventaja de ser hija del herrero y tener la posibilidad de haberse empastado sin problemas, sin largas esperas ni carencia de materiales, algo que para el resto de los cubanos sin parientes dentistas es un verdadero tropiezo.

El panorama se complicó cuando su madre se fue de misión internacionalista, a arreglarle gratis los dientes a “nuestros hermanos latinoamericanos” mientras mi amiga tuvo que recomendarle a su cuñado un protesista, que pago mediante, le reconstruyera un diente roto en mitad de la boca.

Ella también tuvo que atenderse en la ausencia de su madre. Gracias a los contactos de ésta no tuvo que ir por vías de pago, pero ya no gozaba de iguales privilegios, una larga espera en el salón era la evidencia. El intenso calor de la estancia mal iluminada, los bancos derruidos, el falso techo manchado, las paredes despintadas; la precariedad del local la deprimieron, fue la última vez que se atendió en Cuba.

Recuerda que el dentista conversaba con una mujer mientras le examinaba. Por la ventana que daba a la calle pasaba la gente mirando hacia dentro, el polvo de La Habana se levantaba en el aire, en la consulta había otro estomatólogo trabajando, la asistente tarareaba una canción de Haila que emergía de la radio, entraban y salían personas dejando la puerta entreabierta. Mi amiga cerraba los ojos para que todo pasara rápido, por la falta de anestesia sentía la intensidad de la maquinita perforando la muela y le molestaba estar expuesta a ojos intrusos.

Ella reconoce que el dentista hizo un empaste de calidad a pesar de tantas interrupciones –en una ocasión se levantó a contestar el celular y la dejó con la boca abierta, en otra alguien apareció con cerveza a la que el doctor le dio unos buches–; de cierto modo comprendía porqué estos médicos cobraban clandestinamente, había visto lo poco que significaba ser un estomatólogo incorruptible. Su madre en más de 20 años de trayectoria laboral no poseía bienes materiales de valor y malvivía con poco más de 500 pesos cubanos al mes, unos 20 euros aproximadamente. Lo que justifica que irse a un país distante a trabajar por unos 120 dólares al mes signifiquen una mejoría.

Lejos de ofenderse por el trato poco ortodoxo del dentista habanero, mi amiga tenía que sentirse agradecida.

Lo comprobó cuando emigró a España y sus problemas dentales se agudizaron.
–Tengo tres caries, te lo puedes creer, ahora tendré que aflojar una pasta que no veas –dijo por teléfono a un amigo en común que vive en Estados Unidos.
–¿Allí la sanidad no es pública? –preguntó extrañado él.
–La sanidad sí, los dentistas no.
–Pero, ¿los dentistas no son doctores?
–No, son joyeros que ponen empastes de oro, 50 euros cada uno.

A menudo mi amiga tiene pesadillas donde pierde toda la dentadura y no logra ponerse dientes nuevos. Tiene el tic obsesivo de pasarse la lengua por las dientes para detectar irregularidades. Se cepilla compulsivamente después de cada comida, pero nada la salva de acabar en las consultas dentales.

Las clínicas españolas están climatizadas y pintadas pulcramente. A la doctora la buscará cubana, porque si alguien se va a forrar con su dinero, mejor que sea a quien obligaron a trabajar por un mísero salario en su propio país. Es atendida con mimos y toda la sofisticación posible, con una pequeña cámara sobre los molares mi amiga ve en un monitor las perlas negras que destruyen su boca.

Todo huele a esterilizado, a limpio, pero también en el fondo está el mismo olor de su infancia. Cierra los ojos y se transporta al pasado. Imagina que es su madre quien le atiende, siente ganas de levantar la mano en señal de stop, como hacía cuando llegaba un hilillo de dolor; pero ahora no le duele, le han puesto anestesia, la doctora conversa con su asistente, –porque los doctores siempre conversan, en eso se parecen a las peluqueras, las recepcionistas y los camareros– conversación entrecortada por indicaciones donde la doctora pide materiales y le da a elegir a mi amiga: ¿empaste blanco o amalgama?

La obturación termina pronto, le indican que puede regresar al día siguiente si siente molestias, sin coste adicional claro, y que puede fijar cita para la próxima consulta si lo desea. Pero mi amiga no precisa nada, su irregularidad legal repercute en sus ingresos. Las dos caries que quedan tendrán que esperar.

Mi amiga sale de la clínica con una mezcla de irritación y bienestar. Considera que la odontología debería estar incluida en la sanidad pública española, pero a la vez está complacida por poder pagar por un servicio y que éste funcione eficazmente. Sin embargo, no puede dejar de pensar en que muchos herreros cubanos serían joyeros como en España, si los médicos cubanos no fueran considerados una mercancía, rebajados a obreros mal pagados, llevados al límite de la delincuencia.

Digamos que mi amiga está harta de la cariada irrealidad de nuestra Isla.

 
(Gracias a Charly por la idea inicial)

Aunque nos parecemos no somos lo mismo

Dentro de la gran burbuja que es La Habana, yo vivía en mi burbuja. Pero mi recogimiento se limitaba a lo mental, imposible aislar la realidad, no ver desde la ventana la supervivencia entre las ruinas, imposible no escuchar el ruido del vecindario ahogando en alta voz el tedio, con ron, dominó y par de altavoces con reguetón siempre.
Yo odiaba el reguetón y a la gente que obligaba a los demás a escuchar reguetón.

Escena cotidiana
Frente a mi ventana un edificio. En el edificio un balcón. En el balcón un par de bafles orientados hacia la calle. De los bafles saliendo La tuba, de Elvis Manuel: “y se me parte la tuba en dos y se me parte la tuba tres… cuando te coja yo te voy a dar…”. Debajo del balcón el policía de servicio moviendo incontrolablemente los pies al ritmo de la música. En las aceras parte del vecindario moviéndose también.
Cerrar la ventana no era suficiente. Tras la pared mi vecina de la derecha ponía otra canción del mismo reguetonero, o quizás la misma a destiempo. A la izquierda mi vecino, otro policía, escuchaba a Marco Antonio Solís con acompañamiento vocal incluido.
Por años viví así, cansada de decirles que moderarán el volumen, cansada de tanta falta de intimidad. ¿Llamar a la policía?* ¿me va a hacer caso el que baila haciendo la posta o el que canta justo tras mi pared? A veces tenía ganas coger un par de bafles y sacarlos a la terraza, poner una ópera rock, una sinfonía clásica, una descarga de jazz latino. Pero caería en lo mismo que ellos. Lo único llegué a hacer como recurso desesperado fue atormentarlos con una canción de Marilyn Manson o Red Hot Chili Peppers a un volumen considerable si la cosa se ponía muy agresiva, era el único recurso que les hacía bajar el volumen a los vecinos más aledaños. Pero en la calle todo seguía igual.

El sonido de una ranchera se va filtrando poco a poco. Me entra por los oídos hasta que me hace abrir los ojos. Es domingo, apenas las 12 del mediodía, y no estoy en La Habana. Pero he despertado con esa sensación, con su peor recuerdo: el ruido, la intromisión, la forzada presencia del otro.
Mis vecinos de Madrid miden 1,50 promedio de estatura, hablan chillando, tienen rasgos indígenas, aporrean instrumentos, escuchan música a todo volumen y a cualquier hora: son ecuatorianos. Ahora sería casi legítimo que dijera: odio a los ecuatorianos, pero también sé que al generalizar muchas veces uno se equivoca. Quizás es que estemos mal repartidos a propósito y para bien del equilibrio, y el lugar de nacimiento no siempre marca nuestra individualidad, al menos que sea tan pobre nuestro yo como para no superar el cliché.
Lo cierto es que no se parecen en casi nada los cubanos a los ecuatorianos. A pesar de que estos y aquellos vecinos habaneros tuvieran ese denominador común, eso que realmente odio: la mala educación.

La burbuja no existe, se rompe o te la explotan descaradamente
El desconocimiento del mundo para un cubano –y es aplicable a cualquier persona que jamás haya salido de su burbuja, aunque sea virtualmente– conlleva a confundir algunos sucesos de la vida cotidiana en particularidades, surrealismos autóctonos; pero la “cruda realidad” es que en todas partes hay carteristas, gente que vive en la calle, policías corruptos, y mucho maleducado que va por la vida explotando burbujas ajenas a fuerza de imponer la suya.
Si esas conductas confluyeran al unísono, si todos en mi edificio pusiéramos nuestras músicas en grandes altovoces, esa batalla por hacer valer nuestra individualidad nos dejaría unificados en una grupalidad vulgar. Menos mal que no somos todos iguales.

Mi casera llegó a contarme con total naturalidad que cuando vivía en este estudio ella ponía su equipo de música de cara a la pared de los ecuatorianos, y con el volumen muy alto para hacerles la guerra. ¿Por qué no llamó a la policía? Vaya usted a saber. Hay quienes tienen derechos y no hacen uso de ellos. Yo en cambio ahora mismo quisiera llamarlos y no puedo. Hoy no tengo derechos aquí, no existo aunque ocupe un asiento en el metro, aunque recicle la basura y pague reglamentariamente el alquiler, pero eso cambiará a la vuelta de un día, el sistema, tarde o temprano, nos acepta cuando “valora” que hemos pagado el “tiempo de castigo” por no haber nacido en esta tierra, cuando acepta que somos parte de esta sociedad. Que ningunearnos no hará que desaparezcamos.
En cambio en Cuba ser ciudadano legitimo no garantiza muchos derechos.
Por esa razón quizás sea necesario que trage en seco y aplique la vieja técnica que siempre funciona, un temita de rock a cierto volumen para ahogar el sonido chillón de las tonadas andinas, y desear intensamente un futuro sin vecinos maleducados, pero sobre todo, un futuro con derechos ciudadanos.

Paradojicamente ahora escucho Calle 13, porque algún grupo de reguetón me puede gustar, y algún ecuatoriano puede caerme bien…

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*En Cuba llamar a la policía está mal visto, asociado con la chivatería, la gente no confía en el funcionamiento de la ley.

Entre el altruismo y la desconfianza

Siempre me sorprende la capacidad altruista de la gente. Yo no lo soy, no al menos de un modo muy visible, quizás el altruismo falso e impuesto de una sociedad como la cubana haya colaborado en mi falta de solidaridad. Quizás haya sido recoger esa sensación por experiencia propia llegada “la hora de la verdad”, pero de eso no me interesa hablar ahora, porque por otro lado he disfrutado de “la bondad de los desconocidos” que ya no lo son tanto.
No soy como mi amiga Chiu que deja su wifi abierto para que en su ausencia lo use cualquier hijo de vecino. Total, ella lo paga y no está. Antes yo pensaba: ¿qué hay de malo en dejar el wifi abierto? Pero la cosa cambia cuando te empieza a funcionar lenta tu conexión porque alguien te come el ancho de banda… No soy de quienes cuelga su perfil en Viajeros.com para “enseñar mi ciudad al visitante y ofrecer alojamiento gratuito”. Veo super guay que existan los voluntarios que cuidan minusválidos y le leen a los ciegos (les leería pensándolo bien, pero quizás lo que yo elija y eso no sería muy filántropo ¿no?); quisiera creer en que hay pensamientos puros y desinteresados que mueven la realidad, creo que de algún modo los hay para que un equilibrio precario nos haga mantenernos medianamente civilizados.
Quizás esos pequeños actos compensen tanta abulia, tanto desinterés, tanto desdén que llegamos a sentir por nuestros semejantes. Yo lo he sentido, he mirado sus rostros en el metro con desprecio, me he burlado de la incultura, de la fealdad, de la obesidad, de la falsa inteligencia, de la pose, del ego, me he burlado de mí en ellos, en el reconocimiento de que para el otro uno es cuestionable, insignificante, ajeno. A veces un oscuro pensamiento recurre: la hegemonía de la inteligencia, del don, del talento, ¿es la verdadera?
La misantropía no me hace feliz porque vivo entre la gente, necesito de ellos para componer el mundo, para que tenga color, armonía, gracia. Porque prefiero descubrir que en lo feo o ínfimo también puede esconderse un segmento de belleza. Porque no puedo evitarlo y vuelvo a confiar en que puedo confiar en la gente.

Internet es compartir

Queramos o no, internet es compartir información. A muchos nos parece ridícula esa foto que cuelga una amiga en Facebook de su último viaje a Malasia, pero también muchos de nosotros queremos dejar nuestro mapa visual, queremos formar parte de esa estructura. Mostrarnos y mostrar lo que vemos.
En Facebook los cubanos de la Isla y los que viven a-islados en cualquier parte del mundo forman una red que les permite entrar en un dialogo que años atrás era muy limitado. Ahora veo fotos de mis amigos de La Habana, ellos logran leer titulares de noticias a las que se suscriben, chatear, compartir textos, tener una presencia en la web, asomar el ojo poco a poco.
De una nota de Claudia que leí el miércoles pasado vi su preocupación por la dificultad de acceder a internet y a sitios como Facebook, y le sugerí que usará Twitter, una herramienta muy interesante para una comunicación rápida y para un intercambio amplio con una comunidad global. También le sugerí que podía investigar como suscribirse a los tweet de noticias para que le llegaran al móvil, le puse de ejemplo el sitio de CUBAENCUENTRO.com en Twitter, que ofrece todos los titulares y link de el contenido completo del sitio.
Es fácil encontrar en la red lo que necesitas, sólo hay que tener un poco de paciencia, algo de lógica, y lo demás como resultado será hasta donde la hegemonía de tu propia inteligencia sea capaz de llegar.
Admiro a esos diseñadores que regalan vectores, a esos programadores de widget gratis, a esos que hacen mostrar su talento como una paladita de suficiencia en el rostro. Hay para quienes no se completa el sentido del conocimiento si no lo comparten.
A mí lo que me pasa es que me resulta aburrido usar Twitter si no lo usan mis contemporáneos, la gente que conozco, con los que comparto y me interesa compartir información, de ahí que le cayera con la pituita de la publicidad involuntaria a mi amigo Kauix hasta que se abrió su cuenta en Twitter.
Claudia me pidió que le explicará sobre lo de Twitter para que ella pudiera hacerlo y explicárselo a otros bloggers cubanos que lo puedan necesitar. Hoy leo un post de Yoani donde habla de un nuevo sitio, GranPa, para que los cubanos de la Isla se suscriban a los RSS de noticias de sitios como Cubaencuentro o el Nuevo Herald, cinco noticias máximo aclara en las instrucciones. El sitio es muy sencillo, cuenta de una única home donde ingresas los datos de registro, y debajo, un discreto botón de donar, (al fin y al cabo ¿hay pecado en donar por proyectos altruistas? pero, ¿eso de los mensajes vía móvil no lo hace twitter también, por qué GranPa sólo ofrece cinco mensajes?¿realmente hay sólo filantropía en este proyecto?)
Mi desconfianza vuelve a saltar la alarma de vez en cuando, ese delirio persecutorio que los cubanos tenemos –CDR mediante-, la espinita de que nada es por la cara, de que gratis en esta vida hay muy poco…
De momento prefiero quedarme a mi margen entre el altruismo y la desconfianza, y construir de manera muy simple este manual de instrucciones básicas para que cualquiera pueda postear automáticamente sus post a Twitter y que la información siga corriendo, vamos a ver hasta donde se puede llegar.

Manual para usar TwitterFeed

La libertad de disentir

He estado descubriendo blogs.De todos tipos, ideologías, discursos, nacionalidades. La web es un universo infinito, mi mapa virtual no cubre ni el 3% de la www. Lo que más me gusta de internet es que todo puede enlazarse, acceder de un link a otro y llegar a sitios insospechados. Ahí descubres que hay mucha gente como tú, pensando y dando a conocer aquello que piensa, que a veces, se parece mucho a lo que piensas tú. Otras gentes te sorprenden por su capacidad para ironizar con la realidad, con un humor que tú no tienes pero que te hace reír, adoro los blogs que me hacen reír, donde blogger y comentaristas completan esa puesta en escena de una opinión, como dice un colega del trabajo: ‘un blog que no tenga posibilidad de ser comentado no es un blog’.

Das con gente a la que no quieres parecerte porque están a muchos años luz de la libertad de expresión que quieres (tienes) en tu vida. Los hay admirables, locos, desarrapados, gente excepcionalmente sencilla y especial, ante los cuales a veces uno se siente algo más cotidiano.

Pero también encuentras en la blogósfera mucho mal gusto y cero imaginación. Mucha cutre chea awful verborrea digital, me agreden los jpg’s pixelados, los banners chillones, los cliché estilísticos en lo visual y lo textual, aburridos blogs post que pueblan la red como la gente ordinaria puebla el mundo.

En la web hay de todo como en la realidad, no hay división, porque necesitamos de la una para llegar a la otra, y viceversa. Muchos hemos utilizado la red para ampliar campos de creación, para exponer y compartir ideas, dejar un calendario de nuestro pensamiento. Lo cierto es que se hace de todo, se vende y se compra, se comparte y reparte, se hace el amor y la guerra, se folla virtualmente, se cibermata, algunos juegan ajedrez, comparten en twitter ideas a lo haiku, alguien lleva su vida como un reality show, exhibe cada día una foto de su cuerpo que envejece lentamente sobre ciudades de este planeta. Hay disidentes de todo, ciberperiodistas, ciberciudadanos de un país sin construir, ciberfamosos, ciberpolicías, ciberlacayos, y podemos ponerle a casi todo la ‘ciber’ conjugación para estar a tono con la duplicación de nuestro mundo en la red.

Comunidades. ¿Será que sigo siendo un animal de manada sin manada?

No me siento demasiado a gusto formando parte de un conglomerado, a la larga no coincido con tanta gente en opiniones e ideas, en proyección y filosofía de la vida, quizás sea el efecto repelente de mi impuesta colectividad insular, quizás es esa certeza de que ‘iguales’ no somos, que en nada nos parecemos, y en eso justamente empiezan las semejanzas.

Después vienen las impostergables referencias, vengo del mismo lugar que otros 11 millones -¿y más?-, cubanos diseminados por el planeta, con ellos comparto la preferencia por los tostones, el recuerdo del período especial(mente jodido), la maldición de una dictadura de 50 años que parecen miles, pero ¿en que me parezco yo a mi vecina del solar habanero, en que me parezco a un periodista independiente que reporta desde Morón, en que me parezco a una bloguera del Vedado que envía post por e-mail a un amigo en Australia, en que me parezco a cualquier otro cubano que ande por alguna calle de Helsinki?

Si un sentimiento me interesa perpetuar de semejanza, aunque estoy consciente que hay miles, si en algo me parezco a otro cubano va a ser en la necesidad de que un día mi país sea democrático, que la libertad de expresión no sea un pecado, que haya derecho a la disidencia, porque disentir es ejercer la libertad.

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Este post es a propósito de una petición de la blogósfera cubana de libertad de expresión, libre acceso a internet, a la entrada y salida del país, libertad a los presos políticos, libertad para Cuba. Debo decir, ejerciendo mi derecho a disentir, que no creo en iniciativas como estas, al menos que el poder mediático rebase lo ’ciberlocal’ y aunque esa “petición” no sea atendida por el gobierno castrista, al menos tenga su eco en el mundo aunque sea para recordar la vergüenza de tantos ojos vendados ante la falta de derechos.

Pensar en Cuba me deja sin opciones, el encierro que viven los que están en el país, esa separación forzosa entre los que están dentro y fuera, detesto laetiqueta de cubanos de dentro y de fuera, pero es “la cruda realidad”, estamos divididos, en muchos sentidos, desorganizados, como me dijo un amigo cuando comentábamos vía chat de las aberrantes discusiones, los odios, y desidias de la blogósfera cubana. Absurdo, pero el cubano odia a su manada. Lo veo y me deja asqueada, aburrida, deseando evadirme en noruega, en finlandesa, en descendiente de otras guerras y otras migraciones, y lo único que me retiene de esa larga carrera de huida es que sé lo que no quiero, no quiero que pasen otros 50 años y todo siga como una ridícula canción pop: igual.

De ahí que pueda ser efectivo, aquello que Ortega y Gasset dijera: “En tanto que haya una persona que crea en una idea, la idea vive.” O como escribiera José A. Pérez: El derecho a la disidencia.

Post back: Free @ internet ya

La libertad

De La china fuera de la CAJA

Frente al Museo Reina Sofía hay un gran despliegue policial, varios callidac de lujo y agentes trajeados con micrófonos diminutos. El paso a los transeúntes está detenido y por las escalinatas del museo bajan Zapatero y Medvédev rodeados de hombres. Algunos transeúntes gritan frases despectivas de los españoles a su presidente, y uno grita muy fuerte ‘no te queremos’. No queda claro si es al ruso o al español. Hombres y presidentes se montan en los coches y la caravana sale de prisa. Minutos después se reanuda el tránsito peatonal y el hombre que gritaba sigue su camino. Los polis se diseminan poco a poco y todo va volviendo a la normalidad.

Pienso en el valor de la libertad. Ese que perpetuaba una exiliada cubana enseñando a sus hijos que pedir democracia es su derecho. Ese derecho que sus primos cubanos no tienen, decia en medio de la manifestación de este domingo en Nueva York. En ella descubro a mi amiga Ton entre la multitud de una foto con Paquito D’ Rivera en primer plano, mi amiga que pudo olvidar de donde viene, pero no lo ha hecho porque sabe el precio de la libertad.

Había tomado mucho vino el viernes cuando le dije a una chica que en Cuba había estado presa 27 años. Ella no me conoce y no entiende porque digo eso. ¿Cuántos años puedo tener? ¿He estado en una cárcel? ¿Qué he hecho? No me decantaría por ninguno de esos caminos, simplemente dramatizaba porque bebí, pienso tratando de desmontar el síndrome que padezco.

Buenafuente en su programa de hoy está hablando de la libertad. Cada uno es libre, y los valores de uno mismo se demuestran en privado, dice y despide a Pepe Rubianes, en ‘Otro puto blog de mierda’ también lo recuerdan, pero yo nunca vi sus comedias, ¿estarán en Youtube?.

Miro la tele de reojo, leo post ajenos y noticias de destituciones de canciller y ministros en mi país, paso revista por los acontecimientos, las elecciones vascas y gallegas, el primer día de la semana laboral, una muestra de Saavedra en Casa Encendida, de regreso Rodin en el CaixaForum. Un lunes agradable que da paso al martes.

Recorro con la vista el espacio donde vivo, busco en mi cabeza una justificación para escribir, para que exista este texto en este sitio, y sólo se me ocurre que será bueno recordar una tarde cualquiera en Madrid, en este año y medio de vivir en libertad.

El peso de mi ciudadanía

Desde que estoy en este país no hay una cena a la que vaya que no terminemos hablando del tema ‘Cuba’, contando absurdidades frente a las caras apenadas y estupefactas de nuestros amigos europeos. Cómo explicarles que es un destino inútil cuando les oyes decir con tanta convicción que quieren ir. Lindomar le llama a eso: síndrome de Cristóbal Colón. A él y a mí no nos llama la atención Latinoamérica, África, La India, nosotros miramos al Norte y a Europa, queremos reconquistar el viejo mundo, hemos visto ya suficiente pobreza, suficiente mar, calor, mosquitos gigantes.
Siento pena con los que repiten cena y sale otra vez el mismo tema porque los nuevos invitados quieren saber cómo es aquello. En ocasiones tengo la sensación de que somos como dinosaurios, seres de otra dimensión, personajes escapados de una película surrealista. Lo cierto es que existe una isla recurrente en mis textos, en las cenas con mis amigos y en mi cabeza. Estoy rodeada de Cuba por todas partes.
En La Habana eras xenofóbica, dijo Mónica recordando cuando le confesé que no me gustaban los extranjeros. No sabía relacionarme con ellos, me eran repelentes. Pero mi aversión por los extranjeros ya ha sido superada, era el lastre de vivir en una sociedad que infravalora a sus ciudadanos y sublima al foráneo. Es curioso porque de no haberlo superado allá, no estaría hoy en Europa. No se puede tener el mundo si se siente odio por él.

Mi persistencia en el ‘tema’ es la consecución natural de mi pensamiento. Ahora soy la extranjera, la que no pertenece a este sitio, pero logra apoderarse de las calles, de los faroles, de la hierba en los jardines del Palacio Real, del olor de la noche y los rugidos del metro desde el túnel. Soy una más entre la gente y a veces es buena esa sensación de pasar inadvertido. De cualquier manera sé que la distinción está en otro sitio, no es algo que pueda imponérmelo un gobierno, una sociedad. Quizás en la imposibilidad de ver detrás de lo superfluo exista lo que nos diferencia. Eso que estamos pensando y no decimos, la alegría o la tristeza del pasajero de enfrente, la felicidad que va por dentro, como va el dolor o la rabia. Son los sentimientos, las ideas, lo que nos junta o nos diferencia de esa masa de gente que viene y va.
Mónica, mi amiga española, se va un año a Argentina. La cena es para despedirnos, me cuenta que piensa darse un brinco a La Habana. Todos quieren volver, se me antoja que existe un extraño imán sobre la Isla, hilos invisibles que nos amarran, un hipnotismo, una brujería. Hay quienes se desatan, se liberan, expulsan los fantasmas, pero el amarre vuelve en las noches. Sé de pesadillas recurrentes entre los desarraigados. De día y conscientes se niegan a volver, hay mucho mundo por conocer, piensan, pero de noche la Isla los secuestra y desembocan dormidos en un país que no desean. Puede que exista el síndrome del emigrante, y esté yo padeciéndolo ahora. Algunas noches quisiera sacudirme del pensamiento la palabra CUBA. Reinventarme otro país. En noches como esa –como está quizás–, intento escribir, pero me quedo detenida ante el cursor intermitente, todo me resulta obvio, recurrente, y sé que hay que contar esta historia, sé que no podemos dejar que ‘ellos’ la cuenten a su manera, esa que ha engañado a todos desde hace medio siglo…
En la cena a una de las chicas españolas termina por reflejársele en el rostro la vergüenza y de pronto estoy hastiada, no quiero hablar más del tema, siento que mi realidad es demasiado mía, demasiado distante para el resto. He salido de la burbuja de cristal, del sótano ‘underground’, pero todo allí dentro sigue existiendo igual, y no decir nada no me sirve, cerrar los ojos no me sirve, olvidar no me sirve, aunque a veces también haya que cambiar de tema porque: siempre acabamos hablando de Cuba, qué va, tengo que viajar más, digo justificándome ante el grupo. Todos reímos, tomamos más vino y hablamos de otras mil cosas.
De vuelta a casa camino por un Madrid noctámbulo, lleno de gente joven que viene y va por una ciudad viva. Me dejo llevar, disfruto de esta falsa levedad, trato de aligerar el peso de mi ciudadanía. Al menos por un rato.

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(La foto es de cuando vivía dentro del ‘tema’)

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