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La china fuera de la Caja

Arte, Literatura, Cuba y todo lo demás…

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Cine

El infierno del adolescente cubano

Fotograma del corto ‘Camionero’, escrito y dirigido por Sebastián Miró.

La única vez que fui al psicólogo ha sido en la adolescencia, no había cumplido quince años y estudiaba en una escuela en el campo, en régimen de beca, salíamos de pase los fines de semana. El modelo de escuelas al campo cubanas comenzó en los años 70 y hasta hace poco existían, en los años 90, mi época de estudiante, eran las únicas disponibles si se quería luego acceder a la Universidad, ya que los preuniversitarios en las ciudades habían desaparecido, quedando sólo escuelas de oficios, de arte y de deporte. En las escuelas al campo se combina el estudio y el trabajo, el alumno realiza media jornada en labores agrícolas, y estudia en la otra jornada del día. En las noches también se estudiaba, aunque a veces había recreación con grupos de música. Los horarios eran estrictos, guión colectivo del que no podías salirte, con uniforme incluido.  Seguir leyendo “El infierno del adolescente cubano”

Reality Show

Antiguo emplazamiento del edificio Alaska. (Foto: desarraigos.blogspot.com)

Primer plano: retrato del Ché. En blanco y negro sobre pared descascarada.

Segundo plano: piso hundido al aire libre. Muchacho sin camisa, la cara triste, mira la lluvia caer sobre las baldosas abolladas. Se hace un charco.

La Habana, suite de los símbolos. Seguir leyendo “Reality Show”

Pilotando en el futuro

A principios de año inevitablemente uno lo etiqueta todo como novedad: el primer libro, la primera cena, la primera borrachera, la primera noche de amor, el primer regalo, la primera contrariedad, el primer filme del año…

Mi primera película de 2010 ha sido ‘El día que Nietzsche lloró’ (2007), de Pinchas Perry. Más que todo me dejó la sensación de querer re-leer a Nietzsche, buscar esa visión del pasado, que es también una visión del futuro. Últimamente estoy influida por eso que llamamos ciencia-ficción, quizá la culpa es la lectura de ‘El fondo del cielo’ (Mondadori 2009), de Rodrigo Fresán, mi última lectura de 2009 que sigo estirando a 2010 porque hay libros que son como esos romances que no quieres dejar ir aún cuando tienen fecha de caducidad.

«La gente prefiere vivir en el planeta llamado Presente sin darse cuenta que ése es el planeta cuyas civilizaciones tienen menos historia o prosperidad. La gente prefiere no pensar»
(Rodrigo Fresán. El fondo del cielo.)

Pensar en presente. Vivir en presente. Es imposible otro modo de vida. Pero eso no excluye a la memoria, “esa máquina del tiempo gratuita”, ahí está nuestro boleto al futuro, ése que nos prometieron con naves espaciales y mundos paralelos. Y que debía llegar en el 2000.

Forzando la memoria puedo regresar a ese año, puedo recordar una playa de Habana del Este, el sol apareciendo en el horizonte, yo en la arena. Estuve rodeada de amigos, falsos, reales, olvidables, entrañables. Bailamos y bebimos. Y el mundo no se había acabado ni mucho menos. En una plaza de Madrid tenia que caminar entre los restos de la fiesta, una década después, entre pelucas multicolores y acentos europeos, tenía que gritar en la avenida vacía: “La calle es mía”. Como mío es hoy el primero de enero y el resto del año, como mía siento hoy mi vida desde que ese accidente histórico no se encarama en mi piel, usurpando el primer día del año.

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.
¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrid los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos.
Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: «Yo el Estado, soy el pueblo».
(Así habló Zaratustra. Nietzsche.)

No olvido. Vivo con intensidad sin olvidar. Cada año que acaba la alegría y la tristeza se acuestan en una cama, se revuelcan como amantes en celo, y me recuerdan que un año nuevo es sinónimo de año de esperanza, y también que un digito nuevo se le cuelga a esa mentira llamada Revolución Cubana.

Diez años atrás quizá no era consciente del valor de la palabra libertad. Una palabra que conjuro desde el futuro, éste que por fin ha llegado para mí. Como deseo que llegue un día para Cuba, porque en esas cuatro letras viven mis recuerdos, mi familia, mis amigos, el planeta de donde vengo.

Havana’s Zoo in 26 St. Foto: Orlando Luis Pardo/Flickr. (Nunca estuve allí)

El cine de esta vida

Los dos últimos años en La Habana logré tener un televisor a color (chino, o lo que es lo mismo, Panda) y un tiempo después un reproductor de DVD donde pude ver muchas películas, series, documentales que nos pasábamos de mano en mano amigos y (des)conocidos. Antes de eso en mi casa había un televisor ruso en blanco y negro, no me quedaba otra que escapar a los cines, dos pesos cubanos por ver cualquier película y alejarme de lo monocromático era casi un regalo (siempre hay algo salvable, por eso la vida no es en blanco y negro aunque se empeñen en ponértela así). El cine era entonces una manera de fugar, como leer, soñar, beber, follar, cada uno escoge como escaparse. En Cuba la gente necesita evadir su realidad un poco más de lo normal y ese viaje prometido por el séptimo arte allí se cumple, así sea un pésimo filme de delincuentes salvadoreños, una historia de pandilleros colombianos o un ciclo de cine alemán, indonesio, uno quiere boleto al mundo y para algunos este el único modo.

Me gusta el cine pero en España no he ido a ninguno, son caros para lo que mi economía se puede permitir. Sí, lo digo sin pena, no he estado en un cine español, no me he gastado en dos años ni dos ni diez euros en sentarme a oscuras frente a una enorme pantalla, y ahora que lo pienso, molaría… (Por eso llegado el momento he de reservarme como virgen para una película que lo merezca). Pero sigo viendo mucho cine, todo el que puedo, el cine P2P.

En La Habana la red era en la realidad, íbamos a casa de alguien con un disco duro o con un tubo de DVDs y copiábamos muchas pelis, nos prestábamos las copias, conocíamos gentes por los IRCs de la intranet parcheada y compartíamos listas. Personas a quienes sólo conocí de intercambiar archivos y luego comentar por el chat: viste tal… más cual…

Cuando veo una película que me gusta tengo un deseo enorme de que otro la vea, de compartir con mis allegados. Mi criterio es el de una espectadora media, sólo pido un ‘buen viaje’, una escena que mi mente no olvide, con eso basta. La adicción a ver cine en Cuba era porque llenaba eficazmente las horas muertas (que eran casi todas), me podía tirar tardes enteras viendo El último tango en París, Lucía y el sexo, la diez mil películas de Almodóvar, de las que nada me gustaron las últimas y mucho me divirtieron las primeras. Vi casi todo lo de Ingmar Bergman, algunas eran muy aburridas, en otras vi ideas memorables. Vi películas de Kim Ki-duk que a algunos les parecen bodrios, pero yo necesitaba de la magia de El Arco o el extrañamiento de Hierro 3 para olvidar que La Habana fuera de la pantalla era tan descolorida.

De allá nos trajimos nuestras películas preferidas. Consumo mis dosis puntuales de lo último de Hollywood para maravillarme con los efectos especiales, Matrixs infinitas o Club de la pelea con certezas abofeteadas. Cine americano para disfrutar con Píxel, con historias de superhéroes de cómic, con la impecable animación Coraline de Tim Button, y descubrir a Un Ruso en Nueva York, una película de 1984 que les quiero recomendar, especialmente a quienes un día decidieron decir: me fugo, me quedo. O lo que viene a ser lo mismo: quiero una nueva vida, quiero ser libre, quiero ser feliz.

Me gustaría decirles las cosas con las que conecté cuando vi a este músico soviético abandonar inesperadamente la delegación del circo ruso de la que formaba parte, burlándose en la cara de los chivatones que informaban al KGB, gritando en medio de una mole del consumismo americano: «Yo deserto». Pero no quiero contarles nada, quiero que la vean, que sonrían o se conmuevan con los desmanes de un ruso perdido en Nueva York, un hombre que busca la libertad sin saber lo que es, una victima de la política, porque cualquiera que escapa de un régimen totalitario lo es (eso los americanos siempre lo han tenido más claro que los europeos).

Me conmovió una historia que se repite veinticinco años después en esa población de cubanos que seguimos llegando en medio del otoño español, del más crudo invierno alemán o de la ríspida polvareda de Luanda, aferrados a un sueño que desconocemos. Como desconocemos esta película sin guión previo que es nuestra vida, ésa que no es blanco y negro, pero donde a veces el color duele (los fotogramas que algunos querrán olvidar, que nunca contarán por tristeza, o por no preocupar a quienes les quieren, de quienes eres “la esperanza”, el que logró escapar y la vida tiene que sonreírle a toda costa… A veces nadie está esperando al otro lado de la sublevación, eres un cimarrón en una jungla superpoblada de cimarrones, eres uno más en el todo cotidano); pero hasta dolor se aprende, se sobrevive, uno crece. Y tarde o temprano, con más o menos suerte, aprendemos a luchar, a vivir, a ser felices. Aprendemos que la libertad es más que una palabra.

Titulares de experiencias ya vividas


Yes Man o cómo aprender a negarse
Viernes, 19 de junio

Carl dirá sí a todo y descubrirá que sólo se puede decir YES cuando de verdad se desea, pero hay que aprender a desear.
La película me divierte, me hace reír y pensar un poco al mismo tiempo –aunque no hay garantía alguna de que lo haga igual sin ella– pero ahora mismo no quiero juzgarla como la cinéfila que no soy. Me deleito con las mil máscaras de Jim Carey y hago asociaciones absurdas, recuerdo la canción del grupo Van Van: sin miedo en Cuba se puede decir yes… dice el estribillo con énfasis, pero ¿si a qué?
A veces aprender a decir NO es más importante.


Cita con Vargas Llosa para oírle hablar de Onetti
Miércoles 17 de junio, Conferencia en Casa de América

Los flash preceden al maestro que se deja fotografiar casi como un actor sobre la alfombra roja. Le sigue una representación teatro-audiovisual de un cuento de Onetti. Detesto que me rebelen de esa manera inescrupulosa un cuento que no me he leído, maldigo un poco ese momento, mitigado tan sólo por la graciosa paradoja de ver a Vargas Llosa sentado entre el auditorio, observándose a sí mismo interpretar junto a una actriz un texto de otro.

Pero no importa demasiado hoy pensar en el escritor vivo, que trajeado y elegante, habla con la sabiduría del talento, con la pretensión del que se conoce, con las vivencias que nadie puede arrebatarle, él es Mario Vargas Llosa pero hoy importa Onetti. 
Onetti, el escritor muerto, el solitario, el amante furtivo de la literatura, el que prefería la soledad del silencio y el whisky a la multitud de las fiestas. Trato de traspolar a un Onetti vivo a este lugar pero no lo consigo. Le veo huidizo de los fotógrafos, apabullado por este conglomerado de 400 personas dispuestas, aún tras su muerte, a seguir buscándole en aquellos que le conocieron.


El Ray Loriga que yo conocí
Sábado 20 de junio

No me enseña ciudad alguna, no hay tiempo ni lugar que signifique más que la naturaleza misma de la historia. No hay decorado, nada que pueda desviar hacia ventanas de colores, pajaritos, jardines con formas, nada. Desde lo superficial Loriga toca la esencia de las cosas:

«También se puede contar una historia con cuidado, como quien entra en una tienda y teme tocar nada, pues no puede condenarse a una compra ni a una deuda.»*

El Ray Loriga que yo conocí no se puede afirmar que pertenezca a nuestro siglo de comida chatarra y mujeres con maquillaje que follan al aire libre. Sus personajes son atemporales y eternos –y quizás en este caso es lo mismo-. Un oficial es todos los oficiales, porque la guerra no se inquieta por etiquetar nombres.
Descubrirse entre la multitud, existir por un motivo, dar paso a ese gesto único que marca la diferencia, ese gesto inexplicable. El impulso de nuestro yo.

«(…) Digamos que hemos poblado los sueños de ladrones, digamos que en realidad estamos solos. Digamos que la ira se agota y la bondad no acude. Digamos que en la historia no buscamos más que nuestra presencia y que en la batalla solo nos importa aquello que nos señala, aunque sea la muerte.
El oficial se derrumba pero sabe que no tiene más remedio que levantarse.
Así, precisamente se hacen los hombres. »

‘Los oficiales’ de Loriga son todos y sólo uno. Su cuento es todos los cuentos, pero es un cuento excepcional. Después de conocer a este Loriga no sé que pueda pensar del otro, ese que escribió ‘El hombre que inventó Manhattan’, ese que aún no he leído.

*Citas del libro ‘Los oficiales y el destino de Cordelia’, de Ray Loriga, El Aleph ediciones 2009.

De lo que veo, de lo que escucho…

De la película ‘El rey pescador’

The Fisher King/El rey pescador

(Reparto: Jeff Bridges, Robin Williams, Amanda Plummer, Mercedes Ruehl, Michael Jeter, Harry Shearer. Director: Terry Gilliam. Oscar: mejor actriz secundaria a Mercedes Ruehl)
Una película estupenda para ver una tarde de domingo medio otoñal. Risa, reflexión, ironía y buenas interpretaciones. El buen cine no se pone viejo junto a nosotros aunque suene raro ver hoy una peli del 91 sobre la posibilidad de ver ‘Wanted’, cuando yo tenía once años Jack Lucas era una voz en la radio de esa ficción. Qué rollo contar la vida girando alrededor de mis propias referencias.
Pero es lo que tiene bloggear.

Jack Johnson – If I Had Eyes

Un músico que no conociamos hasta que empezamos a escuchar su nombre en el programa de radio ‘Rock & Gol’. Un día la curiosidad nos hizo buscarlo en internet. Gracias a ella tenemos buena música nueva en el itunes.

También agregados Andrés Calamaro y Fito & Fitipaldis en su disco de gira “2 son multitud”, gracias al blog El Fogonero por la recomendación.

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