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La china fuera de la Caja

Arte, Literatura, Cuba y todo lo demás…

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exilio

Cabinas telefónicas bajo un mar de silencios

'Lunch Atop a Skyscraper', 1932.
‘Lunch Atop a Skyscraper’, 1932. (TIME)

 

Los obreros fotografiados en Lunch atop a Skyscraper están sentados sobre nuestras cabezas. Vemos colgar sus pies desgastados, caen migajas de su almuerzo sobre nuestro pelo. La algarabía de sus voces se filtra por el cable telefónico y llega al otro lado de la ficción, de lo alto del Rockefeller Center de Nueva York, en 1932, a la plaza Dos de Mayo de Madrid, en 2013, y vuelven a cruzar el océano hasta cualquier punto de Cuba.

Es domingo. Estoy en el locutorio a donde vienen los cubanos porque sale más barato llamar a la Isla: 0,45 céntimos de euro frente al euro con veinte centavos de cualquier operador. Uno de los destinos telefónicos más caros del mundo. La isla incomunicada. Llamar a Cuba es como llamar a otro planeta. El locutorio lo llevan dos pakistaníes. Henry ha bromeado con ellos diciéndoles que son terroristas. Los pakistaníes sonríen. Ya nos conocen de venir tantos años. A veces les dejamos propina.  Seguir leyendo “Cabinas telefónicas bajo un mar de silencios”

Siete años ‘sin patria pero sin amo’

Foto: Lien C. Lau, 2014.

Nunca olvidaré el 8 de septiembre de 2007. Hace siete años tomé un avión desde Cuba hacia España. De la ficción de una isla totalitaria a la realidad de un país democrático. Pero a la vez, me convertí en ficción para quienes era realidad: mi madre, mi familia, mis amigos, mis colegas, mis coterráneos.  Seguir leyendo “Siete años ‘sin patria pero sin amo’”

Cuando se trata de Cuba, ese dolor crónico

Víctimas del crimen del Remolcador 13 de Marzo, La Habana, Cuba, 1994.
Víctimas del crimen del Remolcador 13 de Marzo, La Habana, Cuba, 1994.

 

El mar para los cubanos es libertad y cementerio

Hace 20 años, un día como hoy, 37 personas que querían ser libres terminaron asesinadas en el mar a manos de quien debía protegerlos: su propio gobierno.

El Remolcador 13 de Marzo, la embarcación en la que escapaban de la Isla, fue hundida impunemente por trabajadores del puerto de La Habana bajo las órdenes del régimen castrista. Por cubanos como ellos. Que luego fueron tratados de “héroes” por la dictadura.  Seguir leyendo “Cuando se trata de Cuba, ese dolor crónico”

Espej(ism)os cubanos

De la serie 'Good News', de Juan Carlos Alom.
De la serie ‘Good News’, de Juan Carlos Alom. (juancarlosalom.com)

A un niño cubano le preguntan: «¿Qué quieres ser de mayor?» y responde: «¿Yo?Extranjero». No es que el niño sea un lector prematuro de Camus, simplemente no quiere ser lo que es, y quiere ser lo que ya es. Todos somos extranjeros para alguien, pero la visión del “extraño”, “el forastero”, ese recelo hacia lo foráneo, visible tanto en grandes urbes como en pueblos recónditos, en Cuba se revierte.

Allí el extranjero llega cargado de espejitos donde un coro de miserables anhela mirarse. Los mismos que extienden la alfombra roja del servilismo y el interés, ya sea a un español o a un árabe, para un cubano medio cualquiera que no sea cubano está “mejor” que él. Ah, eso sí, “mejor” económicamente, porque somos más alegres, más divertidos, más cultos, más preparados, más bailadores, más folladores, más… (In)felices que nadieSeguir leyendo “Espej(ism)os cubanos”

No somos lo mismo ni los mismos

Suplemento del Periódico Guamá. (http://el-guama.blogspot.com)

 

(Des)iguales

Uno de los rasgos del totalitarismo de estado es la necesidad de igualar a los individuos intentando desterrar sus particularidades. El molde del ciudadano modelo es perfecto e incuestionable porque lo dice ¿quién? Todos, repite una y otra vez el Estado, para que nos lo creamos, pero en realidad sólo él tiene poder para definir el proyecto de hombre nuevo que una sociedad igualitaria necesita.
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Tres años, seis meses y 8 días en ningún lugar

Fui una chica de barrio bajo, aunque lo mirara desde lo alto de una azotea.

Una terraza con vistas a un cementerio de edificios, los intramuros de La Habana colonial, ruinas habitadas, y yo tomando café, fumando y soñando con conocer el mundo. Con tocarlo con mis ojos, mis manos, oler el invierno real, conocer la nieve, desandar las avenidas, los parques, los museos… Que las imágenes saltaran de las láminas de los libros a la realidad.

Me daba igual si era Madrid, Londres, Caracas o Lima, yo quería irme de Cuba.  Seguir leyendo “Tres años, seis meses y 8 días en ningún lugar”

Hablando mi propio idioma

Brainstorming

El lenguaje, esa arma de doble filo. Lo que se piensa y cómo se traduce en palabras. Llevo días bloqueada por las palabras que no tengo, para escribir algo que no escribo. Días donde la tormenta de ideas o su vacío me dejan muy cansada como para forzarme a escribir.

Luego resulta que cuando pongo la cabeza en la almohada -a eso de las cinco, soy noctámbula no lo puedo evitar-, cierro los ojos y estoy hablando, contando párrafos enteros, escribiendo mentalmente alguna idea que deseo compartir con mis congéneres… -nunca me ha gustado esa palabra, suena rara- Qué hay mi congener, que vuelta el mío… Se imaginan qué absurdo, pero si digo: Asere, ¿qué bolá? La cosa cambia ¿verdad? Claro, siempre habrá quien diga: “Qué vulgar saluda la juventud cubana de hoy, en mi época…”

Chateando con un amiga mexicana bastante cubanófila –viajes a la Cuba de a pie incluidos- me hizo gracia su pregunta ante mi frase: “estoy mortal” ¿Y eso es bueno o malo?, suena a malo, me dijo riéndose, entonces le expliqué que era buenísimo, más que bueno, estar mortalmente bien; ahora que lo pienso, ¿qué fatalistas somos? Qué si ‘Patria o Muerte’, que si ‘vamos a matar jugada’, ‘estoy muerto contigo mami’…

Siempre me han acusado de esnobista por el lenguaje, nunca dije ‘que pasa, che’ porque está completamente fuera de lugar, pero cuando tenía 16 años cometí el pecado de llevar una camiseta con el Che, algo que erradiqué a los 19, por suerte. En esa época de canciones trovadorescas y mal gusto latinoamericano pocos escaparon de semejantes deslices. El lenguaje sufrió lo suyo, pero ya en La Habana de hoy casi nadie se hace el argentino –sólo Manu Chao, ‘perdido en un campo de lechugas’, o algún rapero cubano despistado que no ha tenido acceso a la verdadera cara del Che Guevara, que no es precisamente la de Benicio del Toro-.

La gran mayoría de la juventud cubana es pro yanki. A la gente le gusta todo lo que viene de la yuma, desde el rock all roll hasta el trasero de Beyoncé, la bebida del enemigo o la marca Adidas –empezando por Fidel Castro y terminando por mis vecinos de la Habana Vieja, en el solar, pero con unos buenos tenis nike-. No me tocó afortunadamente la época de aprender ruso –que me perdonen los rusólogos, pero en ese mundo sólo veo un estigma que aún pagamos los cubanos-, el inglés como idioma de estudio desde primaria no sé si lo instauraron por aquello de conocer al enemigo, pero es obligatorio en toda la enseñanza cubana por la que pasé, aún así no aprendí mucho más que Thanks y Sorry. Sin embargo, alguna palabra en inglés se me va en un texto o conversación, porque es justo en ese idioma como debe ser dicho –las artes visuales tienen mucho que ver en eso, y el mundo de Internet después-. En La Habana mis amigos me criticaban que en un cuento usará: chica en vez de muchacha o aparcamiento en vez de parqueo. Viviendo en España he tenido que adoptar algo del léxico español porque sino quién me va a entender en Madrid si digo: ¿dónde se coge la guagua? Eso para dejar por descontado que expresiones como: Córrete por favor… para que alguien se aparte en el metro, mejor no decirlas.

Mis amigos en Estados Unidos se mofan cuando suelto algún joder, hostia; piensan que pronto hablaré con la z. Pero ahí les saco mi acentazo cubano que no hay zeta que lo desvíe. Y les increpo, ¿acaso ustedes no hablan en inglés, piensan en inglés? No es lo mismo, me dicen algunos… pero lo cierto es que a Shaggy se le van sus you knows y tengo que decirle: mijo, me estás hablando en inglés y no entiendo ni papa.

Admiro profundamente a la gente bilingüe, ni decir a los que hablan cinco o seis idiomas, pero sobre todo admiro a la gente que logra sobreponerse a sus circunstancias y empezar de nuevo, hasta para aprender a comunicarse.

Pero a esos que arrastran la z con tal de integrarse, una vez más les digo: ‘Te entiendo, pero no te comprendo’. A mí, si me aceptas, acéptame cubana, es lo que hay. Integrarse no es renunciar a sí mismo.

Hacerse el sueco o hablar en chino

A veces se habla el mismo idioma y no hay comunicación. El entendimiento común es un reto muy elevado para la individualidad y un enemigo para el egoísmo. Ante la incomprensión defiendo el beneficio de la duda, hoy no nos entendemos, pero puede que no sepamos explicarnos bien. Eso sí, cuando salta a la vista ‘que no hay vuelta de hoja’, que no hablamos el mismo idioma, en ese punto no hay necesidad alguna de hacerse entender, cada uno ‘tun turun tun’, donde no es posible un diálogo el monólogo es patético.

Hablar a la misma vez es ruido

Y lo peor del ruido es que crea rechazo de principio. El ruido no tiene la virtud de una canción evocando estancias, sensaciones. No hay un discurso claro y contundente que te conduzca, no hay viaje. El ruido es caos. ‘Diálogo de viejas sordas’, decimos en clave de oficina.

Palabras, ¿nada más?

A veces creo que estamos sobredimensionando el espacio virtual y el uso que hacemos de él. I love Internet, pero el mundo está de la tapa del portátil para afuera, aunque cuando lo cierro tengo la impresión de estar cerrando la única ventana por donde me asomo a Cuba. Supongo que del otro lado alguien piensa como yo. Para otros una ventana virtual es lo único que les conecta al mundo real.

Mis palabras, hechas de las mismas letras que otras, portadoras de ideas que ‘cualquiera puede escribir’, comunes cuando eso puede ser sinónimo de comunicación, si logran ser un espejo donde también tú te miras, vale la pena (es)forzarse en traducirlas de la mente a la tipografía. Bloggear es conversar a distancia, para que las palabras no se las lleve el viento sin que hagan eco.

Yoani Sánchez en Twitter

A la bloguera Yoani Sánchez el gobierno cubano negó el permiso para viajar a la ceremonia de entrega del Premio Maria Moors Cabot 2009 en la Universidad de Columbia, en Nueva York. (Imagen de Twitter)

La vida antes de internet

Era, como explicarlo, era… Vivir a ciegas. Desde la Isla es imposible ver claramente, una neblina de desconocimiento bordea el malecón real y virtual. El mundo es una película de Hollywood que no has visto, pero que te han contado como les ha dado la gana… Depende de quién te lo cuente, o cómo te hagan el cuento, y de cómo logres lidiar con eso y tu realidad. Incluso teniendo internet, la niebla sigue, porque el mundo hay que pisarlo para conocerlo, porque viajar es un derecho, en la realidad y en el ciberespacio. La vida sin viajar es encarcelamiento. La vida sin información es analfabetismo.

No hay peor ciego

Que el que sólo se ve su nariz, y si la tiene larga como Pinocho: agárrate que lo que te va a poner es un 20 de mayo, te va a dormir con su tejemaneje y no vas a entender ni pío, vas a pasar de él olímpicamente o te vas a dejar dormir en los laureles; tú no eliges, por ti lo hace el que más canta y baila.

El que no quiere ver es feliz en su ceguera, como felices los masoquistas que piden azotes a su dominatriz. La única elección que ha hecho ha sido anularse. A la aglomeración de individuos de igual tesitura suelen mal llamarles pueblo y utilizarles para cualquier propósito.

OnSelf

Después de esto, si todavía estás con vida leyendo este exabrupto de mi lenguaje, este post-escrito, post-literario, post-post diría Orlandito –y sus detractores a coro ‘ay ya empezó…’- y yo agregaré postdata: cuida tu language, pero sobre todo el que te identifica, lo que dice cómo eres = cómo piensas, you know.

Porque no es lo mismo: ¿Me entiendes?, esa muletilla que repiten los jóvenes en La Habana y que a mí se me ha quitado –no descarto que tenga otras nuevas vale–, ya no me preocupa que me entiendan o no, ahora lo importante es hablar mi propio idioma, los que tengan que entender, lo harán. El resto, que se fuña, como dice Miguelito Cuni.

Deseo crónico

Primero sé libre; después pide la libertad.
Fernando Pessoa

Cuando me encuentro con algún cubano por estos mundos siempre hay preguntas obligadas: ¿de qué parte de Cuba eres? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Al decirles que dos años exclaman: Dos años sólo… La frase lo dice todo, dos años es suficiente para sentir que La Habana se va desvaneciendo en el recuerdo aunque trate de atraparla, pero dos años es muy poco para formar parte de este nuevo contexto. En resumen, estás embarcao, dos años no son nada cuando se trata de levantar cabeza desde cero. Estás en el comienzo, ya sabes tomar el metro sin mapa, ya sabes que nada es 'por la patilla', que hay que luchar bien duro cada euro, que no basta con ser un profesional en lo tuyo, que si hay que poner cañas y fregar platos lo harás, si hay que tragar en seco y seguir lo harás.

Lo frecuente es que la gente omita esta parte de la historia, a la familia en Cuba cómo les vas a explicar que casi no te llega para acabar el mes si ellos sobreviven con la libreta de abastecimiento, si tú eres su esperanza, el símbolo del triunfo, el que logró escapar. Cruzar al otro lado de la nada que es el mundo para un cubano que nunca ha viajado.

Extrañar a La Habana es inevitable, un cubano que lleva 50 años fuera también extraña algo que sólo existe en su mente. Pero La Habana de mi mente es una realidad cercana, sólo dos años han pasado de irme de un país que persigue a sus ciudadanos aunque se escondan en Alaska, Singapur o Hungría. Algunos buscarán las noticias en los telediarios. Irán a Cuba cada vez que puedan, tratarán de llevarse cada recuerdo aunque tengan que volver a maldecir el calor, la podredumbre de las calles, la estafa gubernamental. Otros renunciarán a todo, tirarán el pasaporte azul en una gaveta clausurada, pero les quemará la palabra de cuatro letras como un tatuaje de fuego en el cuerpo. Algunos lucharán con lo que tengan en sus manos. Otros aprovecharán las pesadillas para vender souvenires de la tristeza. Una verdad es común para todos, nadie puede escapar de Cuba, todos llevamos la marca de agua en la frente, dentro de nuestra conciencia, en lo escondido de alguna evocación, ella nos pertenece aún desde cualquier destierro.

Regreso a ella una y otra vez. Me dicen que estoy obsesionada con el tema. Reviso diariamente blogs y periódicos, sigo su rastro en Twitter, busco una ventana de su presente en la música de Los Aldeanos, en las fotos que cuelga Orlando Luis, en esa caja de Pandora que se destapa cuando logras ver la verdad que te intentaron esconder, esa otra Cuba que no publica el Granma, esa realidad paralela de presos políticos por escribir lo que pensaban, de damas de blanco gritando Libertad junto a sus nietos, de dos millones de cubanos dispersos por el mundo a quienes se les niega el legítimo derecho de la ciudadanía.

'Divide y vencerás', dice el refrán que se practica desde el poder en la Isla. Así estamos, los cubanos de uno y otro lado del mar, los de Miami, satanizados ante la opinión pública, -me niego a repetir esa palabra despectiva que se impuso para los que están en contra del régimen castrista, es tan infantil y estúpida como aquello de 'El que no salte es yanki'- estamos ninguneados por decidir vivir en cualquier punto del planeta, Cuba nos tacha con una cruz, y nos da el pésame. Nos penaliza por ser libres.

Sólo nos queda el derecho a gritar a los cuatro vientos lo que sabemos, porque cada secreto roto, cada verdad esgrimida ayudará a construir una sola Cuba.

'En la unión está la fuerza', reza otro dicho, por esa premisa sé que importa poco donde estés, desde dónde disientas, porque pueblo –esa palabra maltraída y maltratada- somos todos, porque yo también cogí camello, sobreviví con la libreta, y sentí que todo era muy injusto. Porque lo sigo sintiendo aunque me fugé de la isla calabozo. Porque no olvido. Y no perdono. Porque deseo abrir los ojos una mañana y que las cosas empiecen a cambiar de verdad.

Pesadilla cubana

que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.*

Hay mañanas en que despierto intentando agarrarme al sueño, a sus últimas imágenes que se diluyen mientras una parte de mí intenta escapar de ellas. Regreso una y otra vez a Cuba, con pánico al descubrirme allí, con la duda de si regresaré… ¿A dónde? ¿Cuál es mi lugar?

Mi memoria, deficiente y selectiva, olvida los sueños con facilidad, los malos más. Persecuciones, fracasados intentos de volar, caídas al vacío; hay escenarios que quizá se repitan justo por ese olvido, pero no importa buscarle una teoría. Despierto siempre.  Seguir leyendo “Pesadilla cubana”

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