‘Le temps detruit tout’ (El tiempo destruye todo). Fotograma del filme francés ‘Irreversible’ (2002)

 

Fotograma, del inglés frame. Marco para delimitar esa vida (i)limitada del cuadrante  ⎯¿hacia dentro o hacia fuera?⎯. Nos perdemos en cajas cóncavas, estamos en viajes distintos. Cada uno en su fotograma.

Escucho a Lecuona y recuerdo el xilófono del metro, el músico que lo tocaba era malo. Se iba muy rápido de ritmo para acabar en golpes machacadores. Daban ganas de llamar a la Federación contra el Maltrato Instrumental (que no sé si exista).

El frío me cala aún. El frío, mi callado enemigo. Llegó la primavera, un poco. Pero aún no ha aflorado al exterior de mi piel. La primavera creció hacia dentro y creó bosques tropicales, selvas amazónicas, imposibles montañas del centro de mi cuerpo.

Tu voz a lo lejos. El sonido de las máquinas. El eco de la gota de agua que se escapa en el lavado. No hay rima posible, poesía, pasión, prosa, «estamos solos, asúmelo, mejor ahora que nunca», grita el aire, resuena sobre la cima de los edificios.

Estamos demasiado lejos del mar. «Demasiado» es demasiada palabra.

 

La vida real es así: Las sombras se reflejan en las paredes. Sombras de calderos, vasos vacíos, platos, cubiertos. El mecanismo de algo tecnológico, una cortina que apenas se mueve, los amigos te riñen porque no has ido al Circo Prize a bailar con la música balcánica. «¡Y cuánto me hubiera gustado!», piensas con sonrisa agridulce. Ha sido un domingo de trabajo.

Encontrar fuerzas de donde hace rato se extinguieron. ¿Dónde? Puede ser la música, puede ser cualquier gesto involuntario, puedes ser tú sin saberlo, puede ser tu perdida vulgaridad, tu máscara que se repite en otras parecidas. «Salimos de una fábrica, baby», dirás y sonará trillado pero será una verdad ineludible. «Estamos perdidos en la mediocridad del anonimato, somos los nuevos nadie, los nuevos nada, los parias del presente».

 

No espero nada nuevo de ti, otredad. Ni mis sueños tienen personajes recostados a un atardecer. No hay decorado, la platea está vacía, los actores aprenden su papel mientras friegan platos en un restaurante y sueñan con orgías futuristas. Somos una pareja que toma el desayuno mirando el telediario ⎯como cualquier pareja del mundo⎯, eres el hombre con agenda y gintonic en el bar, garabateando siempre, con mala letra, soy la chica vestida de gris, gris como el futuro de mi nación, gris como el cielo de Amsterdam, gris como un poema gris que duele por ser monocromático, monocorde, monotema, mono… ¿O debería decir primate?

 

Alguien llora. Me quedo en silencio para escuchar mejor, pero sólo oído el tonto e insoportable sonido de una mosca que me ronda. Me seco con un trozo de papel higiénico y salgo del baño. No sé quien llora ni por qué, pero es chocante, no me deja dormir.

Recordé Irreversible, la película. ¿Por qué a una chica tan hermosa, y digamos especial, le ocurre algo tan terrible como una violación homicida? ¿Por qué la belleza y la crueldad se juntan como si fueran de la mano, aterradoramente? ¿Por qué el tiempo destruye todo? ¿Qué podemos hacer?

No sé muy bien que hacer. Ni la ficción es suficientemente capaz de rebatir nada con su invento dulce, donde las cosas pueden ser como tú (escritor-escribano) quieres que sean. En la realidad si digo: te quiero, no tienen que responderme: yo también. (Aunque en mi caso sí ocurra, pero no exactamente así) lo que hace de la realidad un sueño que se escapa de las manos, un insecto incómodo que deseas aplastar o simplemente el agua que se va.

 

El tiempo (no) destruye todo, porque la memoria es la condena, el látigo y el ancla. Somos moscas alrededor del tiempo, sin comprender que se nos va, ¡se nos va, coño!, y las cosas pudieron ser diferentes, pero no fue así.

«Primitivos, somos unos primitivos, y así nos quieren», piensa el que juega béisbol, el que reparte guantazos, el que corre en el parque, el que viste como capo, el que baila solo en el andén, ella que mueve las nalgas con los auriculares puestos, ella que parece flotar obscenamente, ella que quiere que le den, que le den bien duro hasta que el mundo se aparte. Casi todos quieren ese desvanecimiento, tú, yo, él, ella, ustedes, vosotros, nosotros, nadie aquí viene de Marte. Nuestros planetas son miniplanetas dentro de este planeta.

«No me toques si no es para acariciarme. No me mientas si no es una mentira efectiva, un absurdo que violemos, como quien cruza un semáforo en rojo en una avenida desierta».

¿Por qué? Porque vamos llenando el mundo de sueños que luego (no) recordamos.

 

 

Lien C. Lau, Madrid, 2011.

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