Fotograma del corto ‘Camionero’, escrito y dirigido por Sebastián Miró.

La única vez que fui al psicólogo ha sido en la adolescencia, no había cumplido quince años y estudiaba en una escuela en el campo, en régimen de beca, salíamos de pase los fines de semana. El modelo de escuelas al campo cubanas comenzó en los años 70 y hasta hace poco existían, en los años 90, mi época de estudiante, eran las únicas disponibles si se quería luego acceder a la Universidad, ya que los preuniversitarios en las ciudades habían desaparecido, quedando sólo escuelas de oficios, de arte y de deporte. En las escuelas al campo se combina el estudio y el trabajo, el alumno realiza media jornada en labores agrícolas, y estudia en la otra jornada del día. En las noches también se estudiaba, aunque a veces había recreación con grupos de música. Los horarios eran estrictos, guión colectivo del que no podías salirte, con uniforme incluido. 

Otra de las atrocidades del comunismo cubano ha sido separar generaciones, quitando a los padres la responsabilidad de la educación de sus hijos, secuestrando a éstos desde las instituciones que suplantan el papel de la familia, y controlan no sólo la vida académica del adolescente, sino también la social y cotidiana.

Cuando entré a estudiar en el preuniversitario me entristecí mucho, vivía entonces en Santa Clara, una pequeña ciudad del interior, y no había conseguido entrar en la escuela de arte, teniendo que optar por beca en el campo. Mi frustración fue creciendo con los días en la nueva escuela, demasiados alumnos, lejos de casa, de mis amigos, de lo que realmente quería hacer… Fue el peor año de mi vida adolescente. Aquel uniforme azul era mi pesadilla, y regresar los domingos a la jaula de concreto. Eso sin contar el trabajo recogiendo patatas, podando platanales con machetes, desyerbando grandes surcos bajo el sol tropical.

Las escuelas al campo contribuyeron a destruir el campo cubano porque éramos demasiado niños para responsabilizarnos con ese trabajo. Porque no sabíamos ni queríamos hacerlo. Pero había que hacerlo. Era la manera “normal” de estudiar en Cuba.

En ese año becada me volví iracunda, rebelde, discutía por cualquier cosa. La convivencia con un gran albergue de desconocidos puede ser muy dura. Una mañana de regreso del campo pasó. Discutí con otra chica, ni recuerdo de qué se trataba, sólo la cancha de fútbol de la escuela, un gran coro de gente a nuestro alrededor, ella y yo revolcándonos por la tierra. De la bronca paramos en la dirección. Siempre he llevado las uñas muy cortas, pero mi adversaria no, me había arañado la cara. Los hematomas que le hice en el pecho (unas patadas) no se veían si no se quitaba la ropa. En cambio a mí me enyesaron un dedo que me torcí en la disputa. No sé si gané o perdí, pero lo que vino después me salvó de lo que verdaderamente era lo infernal: la beca.

Llamaron a nuestros padres, tuve la sensación entonces, y aún ahora, de que terminé cargando con las culpas porque sólo me mandaron a mí al psicólogo, fue una condición obligatoria de la dirección de la escuela. Así terminé asistiendo a la Clínica del adolescente donde habían muchos como yo (y otros peores), traumatizados todos a nuestra manera con vivir en una situación tan chocante, estricta, militar casi, siendo apenas unos niños.

Gracias a la clínica salía dos veces por semana de la beca para asistir a las sesiones. Conocí gente muy peculiar, y escapé del tedio de esos días penitenciarios.

Sería mentir si dijera que no hubieron también buenos recuerdos de la beca. Pero lo mejor fue el alivio de conseguir al año siguiente ingresar en la escuela de arte y abandonar aquella pesadilla campestre. Si bien mi experiencia no tuvo final dramático, otras quizás no corrieron la misma suerte.

La educación de los hijos no puede ser responsabilidad del Estado, la famosa gratuidad cubana terminaba por cobrarnos con la vida. La adolescencia es una etapa de formación vital (y de falta de personalidad), somos más vulnerables que nunca porque estamos buscándonos, somos altamente manipulables. El distanciamiento con la familia puede distorsionar al individuo, distanciarlo de sus orígenes, de aquello que marca la diferencia con el resto: la educación privada. Y entiéndase “privado” como íntimo, esa educación que sólo se adquiere de los tuyos, de sus costumbres, creencias, particularidades.

Bullying a lo cubano

‘Camionero’, un corto de ficción escrito y dirigido por el joven realizador cubano Sebastián Miró, premiado como mejor Ficción en la Oncena Muestra de Jóvenes Realizadores del ICAIC, relata descarnadamente la violencia de esos años adolescentes y trae al terreno de la ficción lo que para algunos jóvenes cubanos era su triste realidad de cada día.